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domingo, 15 de marzo de 2009

Ariel Magirena, co-coordinador de la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta presentó su ponencia en el 1º Congreso Mesoamericano y 3º de Periodistas, Chiapas-Mexico.
Ariel viajó con su ponencia dando respuesta a una invitación de los organizadores del Congreso a la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta.
Desde la Comisión dimos amplia difusión al trabajo tanto al interior de Carta Abierta como a los blogers, páginas web y medios convencionales.
Al ser publicada, la ponencia dio lugar a interesantes y amplios debates que contribuyen a la actividad constante de interpelación, por parte de los diferentes núcleos de pensamiento vinculados con la comunicación, al fenómeno que se manifiesta actualmente en toda su magnitud de los medios concentrados distribuidores del discurso hegemónico representante del pensamiento de derecha.
Si bien, como se ha dicho, la ponencia a circulado in extenso, hoy la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta deja constancia en su espacio de la producción de Ariel Magirena, que tuvo la satisfacción de que el trabajo fuera premiado.
Discurso hegemónico, objetividad y ética.
Nunca como hoy la relación entre medios de comunicación y poder había respondido con este nivel implacable de dialéctica al punto de romper los paradigmas fundamentales del periodismo. Ante la abundante literatura acreditada existente, vamos a saltearnos el análisis de cómo llegó el capitalismo en su fase más perversa, el neoliberalismo, a instalarse como discurso hegemónico y a diseñar ideológicamente la estructura actual de la propiedad –la concentración- de los medios de comunicación de masas, para intentar abordar la problemática del ejercicio del periodismo, que hoy entraña, como nunca, la pertenencia de clase de los trabajadores de prensa. Probablemente esta conciencia sea uno de los escollos más visibles al momento de pensar y discutir los aspectos de incumbencia social como los de organización y lucha gremial en el ejercicio de nuestra profesión. Convertida la información en mercancía y los medios en escaparates el actual modelo informativo no necesita periodistas más que vendedores. Así el modelo del, o la, periodista exitosos es el de mayor exposición, investido de un poder que aquilata sus capacidades de seducción y de persuasión. Un modelo individualista y superficial que forma “estrellas” que están por encima de la sociedad y de las relaciones de clase. Un modelo que es doblemente mentiroso al sugerir a sus estrellas periodísticas que son más importantes que la mercancía que venden, ocultándoles que ellos mismos son una mercancía. Un modelo que también vende vendedores.
Sabemos que la palabra expresa el pensamiento, por lo que también influye en el pensamiento. La desaparición de categorías en el relato social, cuidadosamente secuestradas en la guerra semiológica, implica la clausura de conceptos que describen la lucha de clases con la intención de que lo que no se describe no exista. Así en la argentina, laboratorio de preferencia del pensamiento colonial, el discurso hegemónico virtualmente suprimió de la lex política la denominación del “pueblo”, eje, protagonista y sentido de la lucha social, por el lavado apelativo a la “gente”, categoría preferida por la inmensa y reaccionaria clase media que entiende así excluyentemente a sus pares. Del mismo modo se inaugura la universalización de categorías como regalo a las oligarquías o las nuevas burguesías, como está ocurriendo respecto del conflicto de intereses desatado por los terratenientes en relación con la renta extraordinaria de las exportaciones agrícolas, a quienes, graciosamente, la prensa liberal califica de “campo”, pese a que representan el tercio de los propietarios y el 5% de la capacidad productiva (medida en fuentes de trabajo). Así también, sólo como ejemplo, los residentes de los barrios más carenciados son “habitantes” u “ocupantes” en oposición abierta a “ciudadanos”, o los niños en delito no son sino “menores”, hoy bandera de la campaña sobre la “inseguridad”.
Casi está de más decir que esta clausura de categorías impone también la agenda periodística y habilita el “relato” de la realidad que, por cierto, está embebido de la estructura ficcional que funde y confunde la información con el show. Pese a que el análisis científico de los medios revela la grosería con la que se aplican los mecanismos de manipulación el sistema cuenta con que la prensa está formada con su modelo discursivo y su perspectiva. De tal manera que no necesita que cada redacción tenga en sus mesas “cuadros” ideológicos que marquen el sentido editorial o actúen como policías del pensamiento. Si no posee pensamiento crítico, el periodista liberal reproduce “naturalmente” el discurso y la perspectiva dominantes. Los medios degradan, corrompen y sustituyen el sentido común mientras encorseta a los periodistas y comunicadores en paradigmas vetustos pero que le son favorables. El primero es uno de los mitos mejor instalados y convertido en valor y prejuicio: la objetividad. Los medios de masas no necesitan ser objetivos sino simplemente declararse así, del mismo modo que se titulan “independientes”, y replican a los medios, y periodistas efectivamente independientes, exigiéndoles “objetividad” en un escenario en cuya composición sólo aparecen los elementos por ellos seleccionados. La reivindicación de la objetividad periodística busca anular al periodista y al comunicador como “sujeto” para tenerlo como “objeto”, como herramienta. De hecho la objetividad es el atributo de los objetos; la de los sujetos, la subjetividad. Es aquí donde se impone declarar un frente de batalla en la guerra semiológica: el periodista no será objetivo sino, veraz, profundo, responsable y contextual, todos ellos valores éticos fundamentales y excluyentes.
La argentina se prepara para discutir una nueva ley de servicios audiovisuales que reemplace a la ley de radiodifusión impuesta por la dictadura más sangrienta de su historia. Significará el saldo de una larguísima deuda que tiene la democracia cuyos antecedentes democráticos más cercanos se encuentran en el gobierno peronista de la mitad del siglo pasado: el estatuto del periodista, de 1946 y el derecho popular a la comunicación y la información que formaban parte de la constitución revolucionaria de 1949, que debieron ser incorporados, junto con otros derechos, por la presión popular, en la constitución que impuso la dictadura de 1955 y sobrevivieron hasta la que rige hoy desde 1994. Con una concentración inédita de la propiedad de los medios, convertidos, como calificara Nicolás Casullo, en el partido de la derecha de mi país, por primera vez se discutirá el fin de los monopolios y el derecho de las organizaciones sociales, comunitarias y el Estado, de ocupar equitativamente el espectro. Un desafío que es una ofrenda para una democracia de contenidos y una responsabilidad para los periodistas que reconozcan su rol social, su pertenencia de clase (trabajadora), y su categoría política: pueblo. Pero fundamentalmente un paso gigante en la disputa continental contra el pensamiento colonial.

jueves, 26 de febrero de 2009

Carta Abierta del Senador de la Nación Eric Calcagno

Hay que devolverle el Estado
a la Nación
Estado bobo, ciego, complice, Estado inútil, enorme en sus flacuras... Estado que muestra a cada paso sus limitaciones y sus tiempos, alejado de las urgencias de la ciudadanía... turnos eternos en los hospitales públicos y trámites kafkianos en la administración, apenas dos ejemplos.. Pero, ¿Y si fuese que el funcionamiento de este Estado es el resultado normal y esperable que corresponde a los lineamientos con los que fue diseñado en los últimos tres decenios del siglo pasado?
Ubiquémonos en el contexto anterior. La Argentina tenía distintos grados de funcionamiento, que iban de lo bueno a lo pésimo, según fueran los estratos de población concernidos. De los 40 millones de habitantes, todo iba muy bien para 3 millones, que vivían y siguen viviendo como la clase alta de los países desarrollados. Para los siguientes 7 millones, las cosas transcurrían bastante bien: creian que 1 dólar era igual a 1 peso, viajaban a Miami y no quisieron enterarse que habían desaparecido las personas y el Estado. A su vez, 10 millones de personas miraban a esa sociedad del espectáculo, frivolizada, mediática, con la esperanza de incorporarse algún día a los grupos privilegiados y con mucha más envidia que asco.
Pero afuera quedaban 20 millones de habitantes excluídos: era el 46% de pobres sobre el total de la población (de los cuales el 19% era indigente), el 22% de la población económicamente activa desocupada, el 40% de la población sin seguridad social.
Durante el régimen militar (1976-1983) y el menemismo-delarruismo (1989-2001), uno de los principales ejes de la acción del Estado fue el resguardo de esta desigual distribución del ingreso y de la riqueza. Por una parte, había que mantener los mecanismos de distribución injusta del ingreso y la riqueza que beneficiaban a los 20 millones de arriba; y por la otra, impedir la protesta de los 20 millones de abajo. Para eso se utilizó la represión en el régimen militar y la desvirtuación de la conciencia nacional durante el menemismo y el delarruismo, que además consumó el derrumbe, por inercia.
El modelo neoliberal fracasó no porque el Estado que diseñó a tales fines no lo sostuviera hasta el final, sino porque sus propias contradicciones económicas lo convertían en inviable y pernicioso. Un esquema basado en el endeudamiento tenía que caer cuando ya nadie prestara más. Que fue lo que sucedió.
El 2003
Llegamos al 2003. La transformación del país era una cuestión de supervivencia nacional. Había síntomas de disolución nacional: circulaban 14 monedas, la desocupación era del 22% y la pobreza del 46%, a la política económica la fijaba el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central carecía de reservas. Era imperioso transformar la realidad y ante todo había que integrar a la Nación a los 20 millones de personas que estaban afuera. En eso debía concentrarse la acción pública. No era una novedad histórica, ya que cambios de análoga magnitud los realizaron en la posguerra los principales países industriales: por la acción estatal, Estados Unidos logró la hegemonía mundial; Alemania, no hace tanto, instrumentó la unidad nacional; Francia aceleró el desarrollo, la homogeneidad social y la construcción europea; y Japón recuperó la independencia nacional y convirtió al país en potencia mundial.
Pero en la Argentina existía un problema adicional: al mismo tiempo que se utilizaba al Estado para transformar al país, había que reformarlo en profundidad para que fuera apto para esa nueva tarea. Durante muchos años lo habían desvirtuado y utilizado para resguardar y elevar el bienestar de los 20 millones de integrados y para mantener a raya a los 20 millones de des-integrados. Estábamos en una sociedad dual, de pobres y ricos con fuertes muros de contención; dos de los más importantes eran la represión y los medios de comunicación. Los ricos tenían trabajo o rentas, y era distintos sus consumos de salud, de medicamentos, de comida, de justicia, de educación, de música, de cultura, de sistema de representaciones y de mitos.
Los incluidos eran habitantes de primera, los excluídos, de segunda; y la diferencia era abismal, tanto en cantidad como en calidad (comenzando por la cantidad y calidad de vida). Esta terrible división entre quienes están dentro de la sociedad y que se benefician de los servicios del Estado, y los que están afuera y no se benefician. Su superación constituye el meollo de la actual política argentina. La única forma de instrumentar esa transformación es mediante la acción del Estado; pero el Estado fue manipulado para que no sirviera a esos fines sino a los opuestos; es decir, para consolidar la dominación que ejercían los incluidos; era un Estado que discriminaba en contra de los excluidos. Por eso, su reorientación y rehabilitación es una necesidad histórica.
Del 2003 en adelante
La tarea emprendida desde 2003 se dirigió en lo fundamental a integrar a los 20 millones de excluidos, lo cual es muy difícil. La tarea comenzó con una polìtica de crecimiento económico, que llevó a que el PIB creciera al 9% anual durante 5 años, a que la inversión se elevara del 12 al 24%, a que la desocupación bajara del 22% al 7,8%, a que la pobreza descendiera del 46% al 25%. Con ello, 3,5 millones de personas consiguieron empleo, el trabajo “en negro” descendió del 43% de la población económicamente activa en 2004 al 36,5% en 2008; y los salarios superaron en promedio los niveles de 2001.
Hay algunas preguntas básicas que estructuran la cuestión económica, vinculadas a la acumulación, a la producción y a la distribución de bienes y servicios: ¿quién genera la riqueza?, ¿quién se queda con esa riqueza? y ¿qué hace con esa riqueza? Lo curioso es que las respuestas a esas preguntas no son económicas sino políticas, y quien instrumenta la respuesta a esas preguntas... es quien detenta el poder del Estado. De allí la necesidad, para los grupos de poder tradicionales, en obliterar el Estado en sus funciones, en destruir el Estado como estratega del desarrollo y garante de los derechos sociales y bienes públicos esenciales. De allí la necesidad, según las épocas, de desaparecer primero y cooptar después los cuadros políticos de la transformación, así como la destrucción de las empresas públicas, verdaderos instrumentos de acción económica directa. El caso de Aerolíneas es paradigmático: de privatización señera a saqueo permanente, hasta la recuperación de un servicio público que tiene que estar al servicio del desarrollo nacional. ¡Pero como ha costado!
Conclusiones
Tal vez aquí está el meollo de los actuales conflictos. Irigoyen cae porque la oligarquía quería gerenciar la salida de la crisis de 1929 en provecho propio; el primer peronismo cae cuando la parte de los asalariados en el ingreso trepó hasta más del 50%. Ahora, la participación de los asalariados en la distribución de la riqueza subió 9 puntos porcentuales en tres años, lo que disminuyó en igual medida la retribución del capital. En ese contexto es posible leer la crisis del campo como la articulación de los sectores de poder tradicionales para mandar un mensaje claro: no se tolera más la distribución del ingreso hacia los 20 millones de excluidos, el Estado no está para integrarlos, sino para contenerlos o reprimirlos. Ya vimos cómo rechazó con cortes de ruta y desabastecimiento una ley redistributiva que gravaba ganancias extraordinarias: viejas ideas, fuertes medios y marcar la cancha y continuar con el desprestigio destituyente. Nada menos.
Así como el Estado oligárquico de la argentina agroexportadora no se bancó el sufragio universal de Irigoyen, ni el Estado de la década infame podía responder a las necesidades de la época peronista, el Estado represor del gobierno militar y el desguazado Estado neoliberal de 1989-2001 no sirven para incorporar a los 20 millones de excluidos. Por eso habrá que reformarlo a fondo, al mismo tiempo que se utiliza lo que se tiene para transformar la realidad. No se trata de etapas sucesivas, sino de complejas operaciones simultáneas.
Si logramos incorporar de pleno derecho a los 20 millones de ciudadanos hoy excluidos, en la producción, distribución y consumo, es toda la sociedad y la realidad argentina que va a cambiar, desde su andamiaje político y jurídico hasta sus estructuras tecnico-economicas. Pero es esencial crear el Estado correspondiente a esa necesidad histórica. Es la esencia de este proyecto político, con vocación de poder transformadora. Hay que devolverle el Estado a la Nación. Senador Nacional Eric Calcagno

domingo, 4 de enero de 2009

"Carta Abierta se constituyó como un colectivo integrado por gentes provenientes de diversas tradiciones culturales y políticas unidas, todas ellas, por un mismo ideal emancipatorio, por un común rechazo a la ofensiva de los sectores destituyentes que venían a intentar clausurar una etapa inusualmente rica e intensa de la historia argentina."
En el comienzo del año 2009 la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta publica el siguiente texto del compañero Ricardo Forster a modo de síntesis explicativa de la visión que originó el espacio Carta Abierta, su mirada sobre la Argentina y su "travesía histórica". Recuperamos de este modo el señalamiento sobre el papel decisivo de las corporaciones mediáticas en la organización de un relato que es diseminado cotidianamente a través del lenguaje audiovisual generando una cultura hegemonizada por el discurso de la derecha. Mediante los giros discursivos mediáticos se "naturaliza" el pensamiento del neoliberalismo y se oculta gran parte de la trama de la realidad.
La Comisión de Medios Audiovisuales considera necesario y urgente la sanción de un nuevo instrumento legal que facilite al conjunto del pueblo el libre acceso a la comunicación y a la información.
Coordinación de la Comisión
Marcas, huellas y gestos de un año memorable
3Por Ricardo Forster
La Argentina ha sido y sigue siendo un país extraño; no sólo por sus promesas incumplidas –al menos en la mayor parte de su travesía histórica–, aquellas que soñaron un futuro de riquezas infinitas en una tierra pródiga, mientras lo que se fue cumpliendo fue precisamente lo contrario: la acumulación de la riqueza en cada vez menos manos mientras se multiplicaron la desigualdad y la pobreza. País insólito capaz de alimentar a centenares de millones de personas gracias a su clima estupendo y a sus recursos naturales invalorables, pero que deja en la indigencia y el hambre a varios millones de conciudadanos. País de intensos debates en el que nada acaba por resolverse, como si los espectros del pasado nunca pudieran descansar en paz, sus sombras persiguen la conciencia de los vivos recordándonos nuestras deudas impagas. País de contrastes, de enfrentamientos nunca saldados, de escrituras que recogen antiguas herencias para seguir pleiteando en el presente como si el ayer todavía pudiera exigir sus derechos, sus potestades ante una realidad que sigue en estado de indefinición. País de polémicas en el que se guarda, cada vez más pauperizada, la memoria de una época de equidades extraviada en las últimas décadas pero que sigue insistiendo en la experiencia de los más humildes como un testimonio de que la vida puede ser distinta porque efectivamente lo fue en el pasado.
Un país, entonces, de demandas insatisfechas que ponen en evidencia que la actualidad ha quedado por detrás de otro tiempo argentino. Un presente que nos recuerda que la intención, aunque sea escasa e insuficiente, por revertir la tendencia favorable a la apropiación de la renta por parte de los poderes económicos es y será furiosamente confrontada por esos mismos sectores una vez que dieron por concluida la “primavera” de los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner. Este ha sido el sino desde el comienzo mismo de la presidencia de Cristina Fernández, enfrentarse a la insaciabilidad de las corporaciones económicas.
Tal vez por eso, por la persistencia de diversas memorias (memorias de la igualdad, de la distribución más equitativa de la riqueza en los tiempos del primer peronismo; memoria de los dolores, de los muertos insepultos, de una justicia todavía injusta; memorias políticas que hunden sus raíces en el lejano siglo XIX y que se proyectaron durante los 200 años de historia independiente que ya estamos a punto de celebrar), nuestra sociedad sigue ofreciéndose como una anomalía, sigue expresando su excepcionalidad a la hora de encontrar un modo de definirla o de explicarla. Somos arduos y laberínticos, seguimos caminos cuyos puntos de llegada se vuelven a transformar en puntos de partida.
Siguiendo estas huellas que atraviesan las geografías de la política y de la memoria, de la economía y de la cultura, quizás podamos comprender mejor las vicisitudes de un año que se cierra; vicisitudes extraordinarias que han puesto en evidencia gran parte de lo no saldado por nuestra sociedad; como si los diversos acontecimientos que atravesaron el 2008 tuvieran la virtud, para quien intenta pensarlos más a fondo y sin complacencias, de permitirnos desentrañar algo de nuestra excepcionalidad. Son excepcionales los acontecimientos que ofrecen, como si se tratase de un espejo invertido, la posibilidad no sólo de comprender la trama del presente sino, a su vez y de un modo deslumbrante, las significaciones de ciertas encrucijadas del pasado. Digo esto porque en el 2008 hemos visto de qué modo el conflicto desatado por la defensa a ultranza de la renta agropecuaria de parte de las organizaciones del campo generó un debate que volvió a apropiarse de palabras y conceptos en desuso al mismo tiempo que puso en evidencia el papel decisivo de las corporaciones mediáticas ya no sólo como empresas de la información y el entretenimiento sino como verdaderos actores de la puja político-económica en el interior de una época profundamente rediseñada por los lenguajes comunicacionales.
En la Argentina se volvió a discutir la olvidada cuestión de la renta y de su distribución; se polemizó sobre el rol del Estado, reiluminando la significación calamitosa de la era neoliberal desplegada entre nosotros por el menemato de los noventa; incluso se llegó a revisar el concepto mismo de riqueza entramada con el rol del ciudadano-consumidor; a eso se le agregó la persistencia de algunos giros discursivos que hicieron relevante la discusión en torno al prejuicio social y el racismo; se volvió a hablar de clases sociales incluso antes de imaginar la tremenda crisis que estaba por sacudir hasta sus cimientos el orden económico mundial. Pocas son las cosas que han permanecido fuera de la agenda de estos últimos meses en los que el terrorismo retórico de ciertos economistas del establishment tuvo que replegarse ante el derrumbe de casi todos sus supuestos ideológicos junto con la bancarrota de un modelo de capitalismo especulativo-financiero que determinó, durante más de dos décadas, el destino del planeta (en especial de los países periféricos convirtiendo a América Latina en un continente abrumado por el daño social infringido por las políticas emanadas del consenso de Washington). Pero lo que todavía no se ha derrumbado es la persistencia de un modelo cultural que logró transformar profundamente los imaginarios colectivos penetrando hasta los rincones más oscuros de la vida privada. Las conciencias fueron atravesadas por un núcleo simbólico-cultural que asoció los intereses del mercado y del neoliberalismo a las formas “naturales” de la existencia, casi convirtiéndolos en un equivalente a la lluvia o a cualquier otro fenómeno natural generando una esencial deshistorización de las actividades humanas haciendo del mercado y de sus ideologemas el eje de lo verdadero y absoluto.
Sería demasiado largo hacer una enumeración de los cambios operados en la conciencia individual y pública, pero sí es clave comprender que la dinámica inaugurada con la revolución neoconservadora en los años ’80 tuvo como eje principal esa captura de las conciencias; una captura motorizada alrededor de un reconocimiento central: la importancia decisiva de los lenguajes culturales a la hora de redefinir enteramente el orden político-económico. Y en esa decisión del sistema el papel de los medios de comunicación fue absolutamente relevante. Tal vez por eso la máxima dificultad a la hora de diseñar otro modelo de país y de sociedad, un modelo capaz de abandonar la lógica univalente del mercado y de regresar sobre el interés colectivo volviendo a hacer visibles a los invisibles de la historia, sea la potencialidad inédita de la máquina mediático-política para insistir en los lenguajes neoliberales como núcleos insustituibles de la vida cotidiana.
El año que se cierra fue pródigo en enseñanzas, nos permitió auscultar el fondo, muchas veces oscuro, de nuestra sociedad, de los valores hegemónicos que la rigieron desde la dictadura en adelante con escasas líneas de fuga; abrieron la posibilidad de comprender las persistencias, en lo más profundo de nuestras conciencias, de una lógica del prejuicio social y hasta racial; ofrecieron la oportunidad para reinstalar discusiones que parecían como saldadas pero que se vuelven fundamentales a la hora de proyectarnos hacia el Bicentenario. En fin, dejaron abiertos los surcos de un futuro capaz de reencontrarse con lo mejor del pasado (en especial con las experiencias de la equidad y de la distribución más justa de la renta nacional) pero también capaz de conducirnos hacia la repetición de lo mismo, es decir, de la desigualdad y de la intolerancia, de la continuidad, bajo otras formas y otras retóricas, de la lógica del mercado que arrasó con derechos y seguridades proyectando un modelo de sociedad articulada alrededor de la figura del ciudadano-consumidor, de aquel al que sólo le importa su bolsillo. Ojalá que el año que está por abrirse nos permita recuperar el hilo de la memoria en el interior de otros desafíos y de nuevas necesidades.
Algo de este espíritu se desplegó en la aventura iniciada por el colectivo Carta Abierta que vino a colocar una palabra diferente en la escena política argentina; una palabra que intentó desmarcarse de los lugares comunes y que buscó poner en cuestión el discurso hegemónico y homogéneo de los medios de comunicación, verdadera maquinaria puesta al servicio de los intereses de los dueños de la tierra y a la naturalización de los valores neoliberales. Carta Abierta fueron sus escrituras y sus asambleas, su decidido apoyo a un gobierno democráticamente elegido y a su intento de redistribuir la fabulosa renta agropecuaria. Pero CA fue también un colectivo cultural-político en el que se afirmó una voluntad de autonomía y de espíritu crítico que no dudó en señalar ciertos gestos espasmódicos y contradictorios del gobierno. Carta Abierta se constituyó como un colectivo integrado por gentes provenientes de diversas tradiciones culturales y políticas unidas, todas ellas, por un mismo ideal emancipatorio, por un común rechazo a la ofensiva de los sectores destituyentes que venían a intentar clausurar una etapa inusualmente rica e intensa de la historia argentina.
Así dejó algunas marcas y colocó algunas palabras entramadas en sus escrituras, palabras e ideas que le dieron otra fisonomía al debate político. Lejos del consignismo y de las frases altisonantes se prefirió horadar el sentido común poniendo en debate la constitución de una Nueva Derecha que, entre otras cosas, intentaba apropiarse de algunos símbolos y tradiciones que se guardaban en la memoria popular pero puestos al servicio de sus propios intereses. Carta Abierta comprendió, y eso más allá de las dificultades que se abren, el sesgo esencialmente cultural de la batalla política; de la necesidad de quebrar el discurso de esa derecha que se despliega a través de los dispositivos mediáticos y que hace carne en el sentido común.
Quizás el momento más extraño y elocuente del itinerario seguido a lo largo de estos meses por Carta Abierta haya sido su última asamblea del año, con brindis incluido, a la que llegó sin aviso previo y de modo totalmente espontáneo el ex presidente Néstor Kirchner acompañado por el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Toda forma de protocolo fue dejada a un lado generando una inédita posibilidad de discusión franca y abierta entre los asistentes a la asamblea y uno de los hombres clave de este tiempo nacional. Mientras Kirchner esperaba su turno para intervenir en la asamblea y Oscar Parrilli se acomodaba como podía entre los asistentes, siguió con su intervención más que lúcida e interesante Diego Tatián, miembro de CA Córdoba. La escena era inusual y extraordinaria; algo de la lógica del poder, de sus formas y protocolos, se había quebrado mientras se iniciaba un diálogo fraterno entre el ex presidente y los asambleístas; algo desencajado de las prácticas políticas habituales en nuestro país y que venía a ofrecer un genuino acto de democracia efectiva, sin mediaciones; de una democracia construida entre palabras, escrituras y cuerpos que discutían sobre el país, sobre el pasado y el presente, que debatían los caminos a seguir. Fue un momento para atesorar, una rareza rayana en lo insólito que no dejó de instalarse en las vicisitudes de un año memorable. Puedo intuir la risa cómplice de Nicolás Casullo, su mirada pícara y rea, imaginando lo que dirían los cultores de “la calidad institucional”, aquellos que no se cansan en destacar el gesto descuidado y plebeyo de un gobierno que les resulta intolerable, entre otras cosas por ser portador de actitudes como las que tuvo Néstor Kirchner el sábado 20. Lo descentrado y lo inusual para ir cerrando un año pleno de acontecimientos. Marcas, gestos y huellas que seguirán perturbando la siempre enigmática realidad argentina, esa que nos recuerda su anomalía y su extrañeza, a la par que nos sigue mostrando de qué modo en su interior continúa expresándose el litigio por la igualdad. Veremos qué lenguajes y qué palabras intentarán encontrar el sentido de las cosas en el año que está por iniciarse.
Doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
Fuente: Pg.12

domingo, 14 de diciembre de 2008

Ley de Radiodifusión

De la mano con la mala historia y a contramano
con la buena información.
En todo este cuarto de siglo en un estado de democracia, con la vigencia plena de los poderes que la constituyen y en un estado republicano, los límites de nuestra capacidad de comprensión se agotan; o nos conducen a una interpretación vana y subjetiva. ¿De qué estoy hablando? De algo que nos auyenta de toda objetividad al tratar un tema que se reflota con fuerza en estos dìas, como es explicar que, la Ley de Radiodifusión ó de Comunicación de Medios Audiovisuales, como se la quiera llamar, y que nos asiste con vigencia en estos tiempos, procede nada menos que de la última dictadura. Nos encontramos con que no podemos dar una respuesta concisa y rápida, aunque los motivos los podemos conocer, del porqué a 25 años de una democracia con sus bemoles y altibajos, ese escrito que hoy en día rige a la comunicación en la Argentina lleve la firma de personajes facciosos de nuestra reciente historia como Jorge R. Videla, Albano Harguindeguy y José A. Martínez de Hoz. Esa Ley, la 22.285, que un 15 de septiembre de 1980 promulgó la última dictadura cívico-militar es un emblema de esos tiempos que hoy en día prevalece después de dos décadas y media; y que también ejerce el rol de la herramienta que fuerza a perpetuar el modelo de dominación económica y cultural que tuvo su disparador en el 76, se reforzó en los 90’ y que como si no hubiera pasado nada aún nos sujeta y fustiga en nuestros días. Para sostener lo expresado, vemos el hecho de la búsqueda de continuidad del sistema que se dieron los poderes del stablishmen & Cia. que presionaron donde precisaron hacerlo ante dos leyes claves, como es la de Radiodifusión y la de Entidades Financieras. Hagamos un poco de historia para acertar correctamente en la dimensión que pretendo darle a estas líneas. A poco tiempo de iniciado el gobierno de Carlos Saúl, se le hizo una modificación a esta Ley dictatorial, un cambio que ya había nacido en la intención en los últimos tiempos de Alfonsín pero que el riojano concretó. Esto es, en el Art.45 se le reemplazó el inciso (e); al efectuarse esta modificación se habilitó a las empresas editoriales-periodísticas a ser tranquilamente permisionarias de las radios y los canales de televisión. Pero éste no fue el único toqueteo, en el Art.46 también se modificaron dos incisos el (a) y el (c), los cuales indicaban que el “objeto exclusivo” de un licenciatario tenía que ser la radiodifusión y no debía haber mas de 20 individuos como integrantes de una sociedad de radiodifusión. Ahora bien ¿Porqué de la 22.285 se cambiaron únicamente parte de los citados artículos y sin tocar la Ley? Sencillamente, y la razón es obvia, se aceptaba la vigencia de la 22.285 pero presentaba obstáculos a la fluidez del sistema desde el ángulo mediático. Esto es, a poco de la reforma se dejó ver claramente que hubo un creciente y acelerado proceso de la concentración empresarial en los medios, con la fiel intención que era constituir un factor de poder y que a ojos vista no es ni más ni menos con lo que en estos momentos nos encontramos. Luego tenemos que, como factor de poder, los medios comenzaron a reforzar el discurso único que movilizaron hacia donde les convienía que el viento soplara; cuidando de darse políticas que fueran de acompañamiento y jugando con las sensibilidades de interpretación de las clases sociales, fundamentalmente sobre nuestra maleable clase media; generando con la información factores en el colectivo poblacional que les fuera funcionales a los intereses perseguidos y como formadores de opinión se apeló a los efectos al manipuleo mediático. De esta manera, vemos cómo la concentración de la información en la población, coarta el derecho a la pluralidad de la misma; y de esta forma también, se convierte en un simple atentado al colectivo del pueblo receptivo y una ofensa a la inteligencia de la masa poblacional. Como si esto fuera poco, la operatividad de esta legislación vigente, pasó de largo por el gobierno de la Alianza como si nada pasase; la ineptitud de gestión de esos días no prestó atención a este factor de poder que continuaba creciendo; y si lo hizo, no se notó. Por ese entonces Duhalde, hizo otros toqueteos con la modificación de la Ley 24.522 de Concursos y Quiebras allá por el 2002. Esta Ley daba amplietud en la negociación con refinanciación de deudas de las empresas en quiebra y sus acreedores, por ende las mediáticas también se favorecieron. Por eso fue aprovechada en esos momentos por la deteriorada empresa de Dña. Ernestina de Noble; tanto fue así que a esta Ley modificada se le puso el apodo de “Ley Clarín”. Pudiendo con esta legislación, el grupo aumentar su capacidad de ensanchamiento oligopólico y peso monopólico. Por otra parte, en esos momentos se atendieron aspectos de demandas municipales y provinciales sobre los servicios de comunicación pero resultaron ajustes tardíos que no llegaron a solucionar gran cosa, por no decir , nada. Los gobernadores e intendentes de esos momentos pueden dar fe. Mientras tanto los tentáculos oligopólicos continuaron sus extensiones corporativas, la permisividad del ingreso del capital a la compra de medios de información sin una hábil y adecuada regulación terminó completando el cuadro del negocio y no del servicio, como debe ser en la comunicación. Hoy en día los monopolios de medios pasaron desgraciadamente, a jugar con su accionar, el papel de un partido más en el espacio contextual de la “nueva derecha” en la argentina, como bien precisó Nicolás Casullo. Es así que la corporación del monopolio mediático complementa con excelencia el espacio faltante y desparejo del rejunte partidocrático y resto del arco social opositor al gobierno nacional. Pero lo más grave, por experiencias recientes vividas y potenciales latentes, es la afección por causa que deriva en un efecto con sintomatología perversa de golpismo, a veces encubierto, otras no tanto. Una nueva Ley de Medios Audiovisuales está a salir desde el Ejecutivo hacia el Congreso Nacional para tratarse; un Proyecto bien aceitado hasta el momento de presentarse al legislativo y éste, con seguridad va a estar a punto. Los motivos del suspenso, la espectativa, la tardanza y el momento oportuno son variados. Por eso las presiones corporativas ejercen su fuerza, con aire de desorientación pero muy alertas, sin embargo, se tendrán que ajustar al momento político exacto que el Gobierno crea apropiado. ¡Ah! Muy importante,…y a la normativa de la digitalización que se determine en el Ejecutivo Nacional, posiblemente en el marco de un proyecto comunicacional latinoamericano, como así también, a su regulación.
Por Santiago Coco Plaza

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Diseminar el objetivo de la nueva Ley de Medios entre el Pueblo, entre el colectivo social.

La modificación de la Ley de Radiodifusión requiere, además de los debates teóricos, la apropiación del tema por parte de los actores políticos.
Por Tina Gardella * Desde Tucumán
El segundo Congreso Nacional de Cultura pasó por Tucumán. El verbo puede molestar. Y está bien que moleste. Con el tiempo se podrá ver si la participación social (escasa) y el debate crítico (ausente) pudieron aportar al diseño y articulación de políticas culturales. Desde la sencillez de una perspectiva de cultura como “esos sentidos colectivos que uno produce desde cualquier hacer” (R. Williams), quienes trabajamos en problemáticas de comunicación sabemos de su valor estratégico por cuanto allí se juega la suerte de lo público y el fortalecimiento de la democracia de manera decisiva.
Por eso era dable esperar que en este Congreso Nacional de Cultura, la Ley de Radiodifusión pudiera haber sido considerada, más allá de todo el valor simbólico que expresa, como un verdadero hecho cultural. Los aportes individuales de intelectuales y funcionarios que integraban algunas de las mesas relacionadas a la comunicación no pueden constituirse, por el solo hecho de sumar voluntades, en el espacio político-cultural necesario para el tratamiento de un tema conflictivo donde está en juego nada más ni nada menos que la construcción de poder. No se trata tampoco de agrandar expectativas en escenarios acotados por su propia dinámica y objetivos propuestos. Pero hay instancias invalorables, espacios reales y simbólicos donde los sujetos se construyen desde lo colectivo, y un congreso de cultura no puede ser menos ni proponerse para menos que esto.
¿Por qué no encaja, por qué no se amplía el debate, por qué la sociedad se siente ajena al debate de una nueva ley de radiodifusión? Entre funcionarios “itinerantes” por las diferentes provincias que se esmeran en que el tema instalado no caiga, entre académicos puntillosos pidiendo conocer el proyecto del Gobierno para recién aportar su pensamiento crítico, entre voluntariosos que teorizan sobre la necesidad del cambio pero están apremiados por otras urgencias políticas, entre luchadores aún sin el suficiente peso político que dan pelea a partir de los 21 puntos y de los tercios iguales en la adjudicación de las licencias, se va haciendo camino al andar. Como si la complejidad del tema y los intereses que se tocan no amerite una estrategia que contemple algunos aspectos esenciales: la ley es una referencia. Pero es la entrada a una discusión más amplia y profunda que entra de lleno en el debate sobre el rol del Estado, la definición de los medios públicos, el rol de la sociedad civil en la constitución de los mismos.
El debate sobre la ley debe responder a una política de comunicación. Como política de Estado que excede a una ley, se trata de verdaderas estrategias que reflejen las políticas integrales de comunicación para responder a un proyecto de país.
Como toda política pública que necesita soporte institucional y organizativo, no basta con el ejercicio de poder del Estado a través de una ley. Sólo puede tener sustento y proyección si las organizaciones sociales pueden incidir y actuar dando forma y pesando en la definición de esas políticas.
La derogación de la Ley de Radiodifusión de la dictadura es un imperativo que no resiste ninguna especulación acerca de tiempos electorales, mezquindades académicas o prácticas sectoriales. Pero si la “apropiación” que han hecho del tema las organizaciones sociales con el impulso y la exigencia de los 21 puntos, no es pensado desde lo político como el ámbito que desde la conflictividad permite el surgimiento de actores políticos, poco se podrá avanzar en construir y re-construir las acciones y los símbolos que les permitan instalarse en el espacio público y político.
El segundo Congreso Nacional de Cultura no pudo ofrecer el horizonte de posibilidades latentes para este tema. Aunque como bien lo decía Ricardo Forster en una de las mesas panel, “es posible, en la escena contemporánea, huir de las simplificaciones y poder transformar los sucesos en acontecimientos, es decir, llegar a ese momento en que un colectivo social es capaz de intervenir en el espacio público en busca de alternativas vigentes”. ¿Estamos preparándonos y profesionalizándonos para ello?
* Licenciada en Comunicación Social.
Publicado en Página 12, 12nov08

martes, 11 de noviembre de 2008

El Pueblo y la Comunicación

Es necesario, antes que nada, volver a referirse al Pueblo, apelar a su movilización simbólica. Tal vez recién entonces una política popular pueda comenzara ser oída -y a hacerse escuchar.

Problemas de comunicación
A la hora de pensar en los problemas de comunicación del gobierno de Cristina Fernández, suele aludirse a cierto aspecto técnico o instrumental, de equivocación en las formas o en la elección de los canales y voceros. Y aunque todo ello pueda ser cierto, no atañe en absoluto a lo esencial. El gobierno tiene serios problemas de comunicación, pero ellos apenas se relacionan con cuestiones de instrumentación o de eficacia, subsidiarias de otros asuntos verdaderamente relevantes.
Los medios Por estos días el gobierno ha comunicado una noticia de irrefutable relevancia. Por sus consecuencias fácticas y su importancia estratégica, la eliminación de las AFJP y la reconstrucción de un sistema previsional único y estatal deberían asegurarle el recupero dela iniciativa política y de la confianza popular. Sin embargo, y aun con un consenso sustancial en favor de tales medidas, la noticia parece haber sido tomada con cierta reserva por la opinión pública (acaso por efecto de la grosera manipulación llevada a cabo una vez más por parte de la opinión publicada). De aquí una primera e insoslayable dificultad comunicacional del gobierno, que sólo puede negarse por complicidad, ingenuidad o dogmatismo: los medios masivos de comunicación ocupan de manera orgánica el lugar de la oposición política, compensando con creces la ineficacia de aquélla.
Los medios de información de mayor alcance e influencia, capaces de producir agenda y de construir opinión, se encuentran en manos de agentes que han decidido jugar decididamente en contra de las políticas gubernamentales, apelando para ello a múltiples estrategias de ocultamiento, manipulación y tratamiento asimétrico de la información. Frente al monopolio privado de la palabra pública, la necesidad de que el estado modifique la legislación vigente sobre radiodifusión parece impostergable si se tiene conciencia de que, más que sobre un gobierno en particular, la amenaza se cierne sobre la propia democracia, impensable por debajo de un umbral mínimo de pluralismo -y buena fe- en la opinión.
Los medios públicos, de influencia más limitada, no llegan a compensar tal desequilibrio comunicacional por diversas razones, entre las que se cuentan los altibajos en sus niveles de profesionalismo y la dificultad que supone el intento de transmitir mensajes alternativos a través de estéticas dominantes respecto de cuya utilización, para peor, suele carecerse de la necesaria pericia. Por otro lado, las cooptaciones y alianzas tejidas por el gobierno con algunos medios resultan cuanto menos temerarias (el caso de Infobae o C5N es paradigmático), mientras que los medios alternativos que se intenta promover adolecen también del alcance y la influencia necesarios para contrarrestar el aceitado despliegue del conglomerado mediático.
Y los discursos Sin embargo, la cuestión relativa al desnivel desfavorable en la opinión que resulta de la actual configuración de los medios de masas en Argentina, y que podría comenzar a corregirse paulatinamente con la impostergable sanción de una nueva normativa que garantizara una efectiva pluralidad de voces, no es ni la única ni la más profunda de las dificultades comunicacionales del gobierno. En efecto, más allá de los medios están -amplificados o negados por ellos- los discursos. Suele afirmarse desde ciertas posiciones que intentan ubicarse a la izquierda del gobierno, que en variados aspectos no se ha avanzado más allá de la gestualidad o del discurso. Independientemente de la mayor o menor entidad de tales críticas, no hay razón para restar valor a las palabras y los gestos en una época en la que el discurso político se encuentra bastardeado. El intento de restituir a la política su centralidad en la organización social y económica es también una disputa semiótica. Precisamente en este aspecto, las resistencias en el universo de la recepción son inocultables, constituyendo una barrera difícil de franquear. El discurso antipolítico, que los medios construyen/retoman/reenvían a y desde la sociedad parece constituir un anticuerpo resistente y efectivo a la hora de contrarrestar las intervenciones que, desde el discurso y la acción, intentan restituir un ideario de integración social sobre cuya derrota se ha afianzado el neoliberalismo más salvaje.
Desafortunadamente, la comunicación gubernamental adolece de toda estrategia y, lo que parece peor, de todo diagnóstico acertado frente a ese estado de cosas. A la narrativa mediática, estructurada sobre la base del conflicto entre la “gente” y los “políticos”, el gobierno opone un discurso argumentativo de corte ilustrado, también destinado a la “gente”. Así, frente al núcleo duro y extenso de la antipolítica, las interpelaciones del discurso oficial despiertan adhesiones tibias y contradictorias entre los propios, y exacerbados odios militantes en los ajenos. Resultaría indispensable, entonces, pensar en otra discursividad. La “gente”, colectivo imaginado sobre el espectro de los sectores medios urbanos, sólo en segundo grado puede ser el sujeto de la interpelación de un gobierno popular. Es necesario, antes que nada, volver a referirse al Pueblo, apelar a su movilización simbólica. Tal vez recién entonces una política popular pueda comenzara ser oída -y a hacerse escuchar.
Gustavo Sanchez Lic. en Ciencias de la Comunicación Integrante de la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta

miércoles, 1 de octubre de 2008

Todos deben saber

Después de una puesta en escena en la que la iniciativa sobre la ley de servicios de comunicación o ley de radiodifusión ganó las primeras planas del debate público, el tema parece haber entrado ahora en un remanso. Conocer de qué se trata y qué se está discutiendo es central.
Por Víctor Ego Ducrot *
Ni una nueva Ley de Radiodifusión ni mucho menos un nuevo orden democratizador integral de la comunicación podrán concretarse si todo queda en manos de especialistas y funcionarios. Los hechos y los dichos parecen indicar que es el Comfer el órgano de gobierno más dispuesto a impulsar la reforma o la sustitución de la actual Ley de Radiodifusión, herencia de la dictadura a la que todos los gobiernos constitucionales recurrieron, por conveniencias propias y ajenas, imposibilidades o temores.
Sin embargo, es evidente que la decisión y las energías empleadas en ese sentido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner durante los momentos más álgidos del conflicto con las patronales del agro –abiertamente sostenidas por el complejo corporativo mediático– han menguado e ingresado en una etapa de sigilo y negociaciones, algunas de las cuales no pueden ser disimuladas.
No es menos evidente que ésta o cualquier administración que aborde con seriedad un programa de democratización mediática deberá confrontar con fuerzas tan o más poderosas que las nucleadas en torno del cartel de la soja, comandado por la FAA, la Sociedad Rural Argentina y organizaciones afines.
Conviene recordar que los principales grupos mediáticos –con Clarín a la cabeza– se foguearon en sus artes de “negociación” en tiempos de autoritarismo y dictaduras, y que, con el correr de los años globalizadores, supieron tejer sin cansancio ni desmayos una compleja trama de intereses corporativos con los sectores más concentrados de la economía local, gimnasia esa que les permitió obtener una efectiva patente de corso a la hora de influir sobre los más diversos ámbitos públicos y privados.
Con una experiencia de más de tres años en investigaciones sobre escenarios locales y latinoamericanos, el Observatorio de Medios de Argentina, unidad docente y de investigación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, pudo constatar que los comportamientos de los oligopolios mediáticos responden a una misma matriz, desde México hasta Tierra del Fuego.
Se basan en el bombardeo simbólico contra toda política pública que comprometa sus intereses corporativos, asociados con los actores más concentrados del sistema financiero, económico y comercial. Para ello, actúan como verdaderos productores y reproductores se sentidos de clase o grupo convertidos en valores universales.
Los informes que oportunamente produjera el Observatorio sobre las coberturas de algunos de los principales medios gráficos al conflicto entre el Estado nacional y el cartel de la soja, sobre el tratamiento que esos mismos diarios le dieron al tema Ley de Radiodifusión y sobre la gramática de construcción noticiosa e informativa utilizada por el canal Todo Noticias (TN), todos confirmaron la tendencia referida en el párrafo anterior.
Sin embargo, y para no abundar en temas que ya fueron abordados desde las páginas de esta sección, es probable que sea conveniente detenerse en un punto de particular significado y que, en sí mismo, contiene un principio fundamental: si entendemos que la comunicación es un servicio público es dable destacar que el actor principal –el factor fundamental– del complejo y dialéctico proceso comunicacional es el sujeto colectivo integrado por todas y todos los ciudadanos-individuos que conforman la sociedad, los destinatarios primeros y últimos del derecho a estar informados e informar.
En ese sentido, puede resultar ilegítimo e inconveniente por ineficaz, desde el punto de vista de la construcción de ciudadanía plenamente democrática, considerar que la discusión sobre la necesidad de modificar el marco jurídico de la radiodifusión en nuestro país se agota con el debate entre la llamada comunidad de la comunicación, por amplio que éste sea. Ese debate debe ampliar sus márgenes hacia escuelas, colegios, universidades, organizaciones sociales y de consumidores, centros vecinales y sindicatos, entre otras instancias.
El de la comunicación social no es un tema que sólo involucra a comunicadores, académicos, políticos y funcionarios. Toda la diversidad que encierra nuestra sociedad tiene algo que decir al respecto y para ello debe saber de qué se trata.
Por último, otro punto que puede se crucial. Aun en medio de la incertidumbre sobre cuál será finalmente el contenido de la nueva Ley de Radiodifusión, el gobierno nacional parece encaminado a decidir acerca del sistema de televisión digital.
Quedamos así ubicados ante un escenario en el que miles de millones de dólares están en juego, precisamente entre los actores corporativos más concentrados de nuestro país, entre ellos los grupos mediáticos y las telefónicas, por sólo citar algunos.
No vaya a ser que la probable nueva ley quede sólo en una formalidad o vaciada de contenido ante el vértigo de las innovaciones tecnológicas, administradas una vez más en favor de los intereses empresarios. Por todo lo expresado hasta aquí sería bueno que el pueblo supiese de qué se trata.
* Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.

martes, 23 de septiembre de 2008

La redistribución de la palabra

Mariotto, académico y militante, un 17 de octubre de 1987, junto a sus compañeros de Lomas de Zamora, dio inicio a FM Ciudades 103.5, una radio de baja potencia que, para la Ley 22.285 y para el establishment de los medios, en vez de ser un medio de comunicación era una radio trucha.
La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que pronto va a poder tratar el Congreso de la Nación, viene a terminar con las disposiciones que el cepo legal de la 22.285 le impuso por casi 30 años a la palabra pública en la Argentina.
Con picardía no exenta de mala intención, hay quienes aseguran que en la materia la mejor ley es la que no existe, emparentando la ausencia normativa a la libertad. Aun si aceptáramos la buena intención de esta postura, esa frase no puede estar más alejada de la realidad. Tanto la ley ausente como la autorizada son los instrumentos más eficaces para torcer la equidad, la justicia y la libertad de acceso a la expresión pública y al derecho a la información.
Esa es la base filosófica sobre la que se impulsa la nueva ley en el país, una base que se apoya en realidades muy concretas que demanda con urgencia impostergable el nuevo marco legal. Si la distribución de la riqueza exhibió la voluntad material de este gobierno de afianzar el proyecto de reconstitución nacional, la consolidación de una nueva ley de comunicación significa completar este proceso con la redistribución de la palabra.
Esta ley no se impulsa para beneficiar o perjudicar a comunicadores ni empresas. Al decir de Perón, si los objetivos son mezquinos los logros serán miserables. La concepción es más ciudadana: lograr una política de comunicación que tenga en cuenta a una multiplicidad de actores que hoy están excluidos para lograr la democratización de la información en la Argentina, abriendo el juego a más y nuevos medios de comunicación. Regenerar el espacio público de la comunicación es poner en práctica una condición de las democracias modernas.
La historia reciente, prodiga en esfuerzos comunitarios de radios, productoras de televisión, esforzados medios de tirada reducida, son prueba de la voluntad inquebrantable de nuestro pueblo por ejercer sus derechos en plenitud (en este caso el de la comunicación) a la vez que resulta una respuesta a quienes desconfían de la existencia de esos actores. A la vera de estos nuevos comunicadores, se ubican actores sociales reales y concretos: gremios, universidades, las cooperativas, fundaciones que personifican jurídicamente a barrios, comunidades, credos, asociaciones civiles y todo otro tipo de organizaciones libres del pueblo. Están allí, verlos depende solo de nuestra voluntad.
Aun si esta evidencia social resulta poco convincente para entender el porqué de una nueva norma legal, es acuciante atender a los cambios radicales que se advierten en el horizonte tecnológico inmediato. El espacio público se amplía considerablemente con las nuevas disponibilidades que ofrece la transformación tecnológica. El rol de Estado es dar un grado de racionalidad para garantizar los principios de San José de Costa Rica relacionados con la libertad de expresión y la pluralidad de voces. La Ley es el marco para que impere esa racionalidad.
El Estado tiene la obligación y la responsabilidad de hacerlo a través de sus instituciones, porque su naturaleza es la de mirar el conjunto y no sólo los sectores, la totalidad y no el aspecto en relación al ámbito de su desenvolvimiento. Sin embargo, las empresas periodísticas no parecen advertir qué ha ocurrido con el estado de la cultura en los últimos años. Por eso no asimilan el cambio cultural que se dio en 2001, cuando la crisis trajo un emergente que hacía mucho que no aparecía en la sociedad argentina: la política. No el discurso, sino la política materializada, concreta, con rostro. El país que no registraron en las pantallas de los ’90 les estalló en la cara, como a todos. Un teórico amigo dice que en esta última semana de diciembre de 2001 el sistema mediático enmudeció, no supo ni pudo explicar con palabras propias lo que sólo podía explicarse con palabras de la política: organizaciones, militantes, pueblo, patria, bases, rebelión, pueblada.
Durante gran parte de los ’80, y sobre todo de los ’90, la política fue subsidiaria de los medios. Se había terminado el debate, se había terminado la militancia y hasta las listas electivas se podían hacer en las empresas periodísticas.
La nueva perspectiva que hoy se abre desde el Ejecutivo despierta en la comunicación, al igual que en otras áreas, una gran expectativa. Los desarrollos de diversos sectores para la modificación de la 22.285 no son novedad. Muchos documentos elaborados por diferentes organismos durante los últimos 25 años resumen de manera completa la necesidad de una democratización en el terreno de los medios que acompañe la ilusión de un país mas justo. Lo que resulta novedad es que el Poder Ejecutivo los escuche, los promueva, los sintetice y decida ponerlos en marcha, lo que constituye en medidas paralelas un orgullo y un compromiso para todos los sectores vinculados con la comunicación plural.
Resulta evidente que a la par de esta valiente iniciativa, surge la idea de que cualquier orden legal que no sea el de la vieja ley resulta para ciertos sectores una amenaza. Pero no se trata de sectores. Estamos hablando de una comunicación para toda la sociedad argentina para quien la verdadera amenaza es la concreta ley nacida en la dictadura que lamentablemente se sostuvo durante los 25 años de la democracia recuperada, y con la continuidad de esa norma, sus restricciones y su vacío.
Hoy es un presente con un profundo cambio cultural, la interpretación de la realidad social que desde la política se ha hecho desde 2003 a la fecha marca un nuevo escenario: la agenda la construye la gente, la ejecuta la política y los medios deben encontrar el rol en ese marco. Sin traducciones ni prejuicios. Con claridad, con responsabilidad en la construcción colectiva, con amplitud.
Cualquier ambición inconfesa de construir sólo con la pantalla lo que no sucede en las calles, no sólo es deshonesta, también es inútil a la luz de los resultados electorales contundentes que muestran el explícito apoyo de la sociedad a un proyecto inclusivo y de crecimiento.
Algunos sólo ven negocios en donde otros vemos oportunidades para una mejora en la calidad de vida de los pueblos, de la misma forma en que mientras hay quienes conciben la necesidad como el nacimiento de un cliente, otros pensamos que cada necesidad humana es nada más y nada menos que el origen de un derecho.

GABRIEL MARIOTTO

Interventor del COMFER

Miradas al Sur

6 de julio de 2008

martes, 2 de septiembre de 2008

Relatos omitidos (imagen cero)

La tiranía de los MEDIOS y la nueva vieja derecha
(apuntes de un viaje)
Bajando desde el altiplano

Si bajamos en viaje desde el Norte Argentino, el otro país, desde el fantástico altiplano de Salta y Jujuy, pasando por la superproductiva y populosa Tucumán, por las nuevas praderas verdes de Santiago del Estero, Santa Fé, y así hasta la Provincia de Buenos Aires; o por el oeste pasando por Catamarca, San Luis, el sur de Córdoba, en un viaje de vacaciones, nos sorprende, a quienes nos habituamos a los informativos depresógenos y dramáticos de la tele, ver tanto desarrollo y riqueza en las praderas, pueblos y ciudades del llamado interior. Parece entonces que no estábamos tan mal en Argentina. Por otra parte toma forma visual y material el slogan de la patria sojera; el movimiento de los tractores, los equipos de fumigación… los miles de camiones que circulan para un lado y para el otro, las economías regionales de la zafra, el tabaco, el poroto, el vino, la leche, el ganado… y el turismo. Este es un panorama hoy que hace unos pocos años hubiera sido improbable imaginar desde el discurso de la “insignificancia argentina” presagiada por un economista y politólogo francés en el 2002. Quienes viajamos con cierta frecuencia por el país podemos hacer un balance del crecimiento comercial y productivo fenomenal en estos últimos años. No todo está mal

Pero si estamos abiertos a escuchar a la gente, a leer los diversos diarios regionales, a conversar con los coyas (con sus silencios, que forman parte del Gran Relato , cosa que no cabe en este pequeño relato de esta coyuntura) los criollos y lo que llamamos pueblo, iremos discriminando mejor y recogiendo un material más complejo que tendría que ver con la diferente suerte en cuanto a calidad de vida, educación y salud; lo que llamamos la distribución de la riqueza. Es decir, los grupos con fortuna, los que viven bastante bien y se dan los gustos, los que la pasan no tan bien, y los que la pasan mal, y muy mal, aún viviendo en lugares que están bien, y muy bien. ¿Dónde está la realidad?

Claro que esta radiografía personal que podemos tener desde la posibilidad de viajar y hacer turismo los que la pasamos bastante bien, no coincide con la construcción de la realidad que nos inocula la tele y la radio comerciales, es decir, las empresas formadoras de opinión de propiedad privada, que sin ir más lejos son el sujeto del poder económico concentrado. Hablamos, claro está, de los medios de difusión líderes como podría ser la radio Continental, la que escucha el campo argentino con Cánepa, Magdalena y el oriental más famoso Víctor Hugo, o un diario como La Nación, con sus editorialistas Grondona y Morales Solá, o un canal como TN, para algunos todo negativo. Dios, salvame de los medios

En todo viaje que emprendamos, y sin necesidad de viajar solamente mirando la propia aldea, tendremos un conocimiento directo y una percepción de la realidad social, económica y cultural que tiene que ver con nuestros ojos, en vivo y en directo. Es otro sin embargo el conocimiento que vamos teniendo y construyendo conciente e inconcientemente desde los medios; este otro es un conocimiento fragmentado y parcializado con ilusión de realidad y de libertad. Ilusión de libertad que se desvanece a poco de ir andando y mirando. Como le ocurrió a nuestro viajero necochense hace unos días, quien luego de transitar por todo un día desde Tucumán hasta Santa Fé pasando por Santiago del Estero no pudo encontrarse con la noticia más importante del día que era que la estatización de Aerolíneas Argentinas había sido votada nada menos que por las 2/3 partes de los diputados… claro… la libertad funciona para la derecha cuando le sienta bien. Si no se transforma en esclavitud bajo su tiranía… la que ejercitan cotidianamente como verdadero lavado de cerebro, o simplemente omitiendo o negando la realidad: esto no me gusta, lo ignoro... esto me viene bien, lo amplifico… y lo repito hasta el hartazgo; esa es la lógica de los medios para crear una realidad que les venga bien para sus negocios. El viajero necochense no se sorprende ya que lo mismo ha vivido cuando Evo Morales ganó con amplitud su plebiscito y cada vez que algún dato de la realidad se comporta como objeto extraño en los ojos del poder mediático Un secuestro virtual por los medios

Esto que le ocurrió a nuestro vecino viajero que durante un día de transitar las rutas argentinas y de rastrear todas las radios AM y FM encontradas en el trayecto no pudo saber qué había ocurrido con la votación en Diputados sobre Aerolíneas es un buen ejemplo de la falta de libertad de prensa, ya que en las radios líderes, por ejemplo la que escucha el campo argentino, o en la radio 10 y otras… así como en las pantallas de TV en las estaciones de servicio que en general están clavadas en TN, nada decían del asunto; nada absolutamente. La famosa estrategia de la imagen cero de la que habla Berdichevsky, un experto en el tema de la comunicación y la subjetividad. Y los titulares de los diarios enfocaban hacia Cromañón o la investigación del triple crimen o alguna foto de desaliento acoplada al sado masoquismo frustrante y perversote de la prensa comercial argentina. Las tretas de los medios opositores y que todo vaya mal

Pero aún así, aceptando que nuestro conocimiento de la realidad distante es a través de los medios, si nos proponemos una actitud activa, reflexiva y atenta, podremos acercarnos bastante al conocimiento de esta verdad que llamamos realidad. Veamos si no a nuestro turista necochense, que decide hacerse una nueva composición de lugar: “esto es como estar como un naufrago en una isla… tendré que conjeturar con lo que tengo en la mano”. Efectivamente así lo hizo, ya llegando a la crispación ansiosa y acompañado por la moderación genética propia de la mujer, su compañera de viaje y sus mates. Se dió cuenta que para algo sirve tener a los medios de la oposición haciendo oposición sistemática; “eureka entonces, la votación ha sido demasiado favorable al gobierno” y las caras y voces de pena y desazón de los periodistas dependientes del mendrugo de los medios (de las empresas que bancan a estos medios) estaban reflejando precisamente eso… como cuando la multitud llenó la plaza el día que llamó Cristina a defendernos de los cortes de ruta: caras de sorpresa en los periodistas, voces desencantadas, vacío de información son significantes nítidos de que las cosas que ocurren son buenas para la gente, para el pueblo… es una técnica sencilla que nace de lógicas perversas; a la mentira, verdad: si los enemigos del pueblo se entristecen es porque algo bueno ocurre para el pueblo. Aunque sea por unas horas o días ya que ya armarán nuevamente una nueva escaramuza para intentar hacerse dueños del poder, de todo el poder, que para eso los tienen a los muchachos del enlace del campo, del empresariado del campo. El poder destituyente y los blancos móviles

Ahí percibe este turista de clase media claramente lo que ha aprendido la derecha en esto de reconstruir poder destituyente para acumular más riqueza y más influencia sobre la masa no crítica de la población. Porque convengamos que existe esa masa no crítica acostumbrada a morder el anzuelo y a ser blanco móvil, para tomar la frase de Bussi, ya no de las balas sino del los medios. Una especie de secuestro virtual de esta dictadura moderna de los medios. Blanco móvil o blanco fijo, depende de la situación que nos encuentre, viajando o sentados en el living de nuestro hogar, dispuestos a regalar parte de nuestro cerebro a los publicistas y al capitalismo salvaje. Cerebro que como Hombre mirando al sudeste se va despedazando sin sentido alguno cuando no le damos buen uso; es decir, cuando no le damos un uso humano. Más riqueza, más poder

Una conclusión que ya podemos sacar de ese viaje es que puede haber más riqueza en un país, y de hecho la hay, sin una participación cultural e ideológica que avance en la convicción del merecimiento y la necesidad de redistribución de las riquezas… por el contrario, pareciera que el aumento de la riqueza y la producción puede volver más canalla al canalla y más avaro al avaro, al empresario rico que sólo piensa en dinero… y por consecuencia más retrógrada y ambiciosa de poder a la derecha. Que la bondad y la ecuanimidad no viene de la acumulación de la riqueza lo sabemos con sólo observar lo que ocurre en EEUU, su Estado y su pueblo en general y su política imperial en el planeta. Salud mental y medios
Otra conclusión a la que podríamos llegar es que la lectura que hacemos de la realidad con los medios de difusión masiva nos lleva a un artilugio mental ideológico que nos facilita en cierta forma modalidades cínicas y disociadores del pensar, tal cual sería pensar por la negativa o los opuestos: si no dicen es porque lo que ocultan es bueno para nosotros. Algo parecido a esa actitud de pesquisa medrosa y compasiva de los judíos en medio del nazismo alemán hitleriano que con cada noticia que escuchaban se miraban temerosos y se preguntaban: ¿esto es bueno o malo para nosotros? Los señores del campo y los medios

Pero los viajes siempre tienen su fin. Ya llegando a Quequén y cruzando el colgante a Necochea, la hermosa, rica e inextricable Necochea, nos podemos preguntar sobre el conocimiento directo de algunos personajes, nuestros vecinos, y su participación en esta madeja del grupo de enlace del campo y la nueva vieja derecha y cómo nuestro conocimiento de esos vecinos nos lleva a un relato por lo demás gracioso de las noticias y voces de los medios. Con mirar dos ejemplos sobran explicaciones: Fernández Palma, representante de Aapresid, el amigo de Mario Mactas y la gente de Continental (Continental-Monsanto), y el “momo” Venegas, caudillo de los trabajadores rurales (UATRE) y actual cabeza de las 62 organizaciones peronistas. Ambos necochenses. Que Fernández Palma, uno de los líderes del campo en el sudeste, defienda los intereses de la patronal y de los ricos es de una obviedad innegable, pero que el dirigente del gremio de trabajadores rurales lo acompañe y defienda los intereses patronales suena a contrasentido si no supiéramos la historia del sindicalismo peronista de derecha. Las actitudes de Venegas son tan ambiguas y oscuras en plena crisis de los cortes de ruta, que está tentado seguramente por la nueva rosca de la derecha del campo, el empresariado del agro y la soja, y la vieja derecha urbana, a plegarse de manera más explícita a la oposición al gobierno. Nuestros vecinos del sudeste y el gran relato

Así es que para quienes conocemos los dimes y diretes, en vivo y en directo, a estos vecinos, personajes de la política grande del país, como a Fernández Palma y su merecido apoyo desde los enriquecidos medianos propietarios del agro del sudeste y el macropoder cerealero entrelazado, y a Venegas con su genuflexión ante los ricos y poderosos, en cientos de anécdotas lugareñas, podemos hacer una lectura más fehaciente del engaño de los medios y su diatriba cotidiana. Basta con recordar lo dicho por Fernández Palma en plena crisis por los cortes de ruta acerca de que “es necesario tomar el poder” aclarando luego que se refería a una vía electoral, o a las actitudes claras de Venegas y su gente que querían hacer gala de fuerza ante la llegada de Cristina y Scioli en el verano en oportunidad de inaugurar las obras del Puerto Quequén, pero no por apoyo a la Presidenta sino por su simpatía a Scioli, ya que igual que la derecha desconfía del populismo “zurdo ” de la Presidenta. Libertad de prensa… libertad de empresa

Claro es que la derecha tiene todo el apoyo de la prensa opositora, que es casi toda, la llamada prensa libre [¿les suena? Ja ja], pero que la cruda realidad marca su mezquindad y la incapacidad de enfrentar un debate libre y un espacio de reflexión. Y a las pruebas nos remitimos: hace dos meses en medio de los cortes y el desabastecimiento organizamos con la CTA un debate público en el Teatro Municipal de Necochea e invitamos a los personajes y actores más representativos, y de manera curiosa no participaron ni la Sociedad Rural ni la Federación Agraria, pues según nos informamos la CARBAP había aconsejado no participar en debates… Sí lo hizo Alteragro y otros dirigentes políticos y gremiales de nuestro medio. Quedó también muy claro durante esos meses que nada de lo que más le importaba a la gente, como el costo de la canasta familiar y el derecho a la alimentación, entraba en la agenda de los empresarios del campo. Miedo y pesimismo: la fórmula mágica

Una última reflexión que podemos hacer a tono de pregunta: ¿cómo nos salvamos de esta tiranía de los medios… de esta construcción de la mentira cotidiana… de este malestar de la cultura que inocula el miedo y el pesimismo mediático en la gente como forma de dominio de las mentes… y cómo recuperamos la libertad de conocer y pensar la realidad a partir de la realidad…? Seguramente con la nueva ley de radiodifusión y con un poco más de Encuentro y de la TV Pública podamos re encontrarnos con un pedazo más de la verdad que nos niegan hoy los sujetos del macropoder representados por el poder mediático hoy. Sin embargo, percibimos ya desde este rincón del sudeste de la Provincia de Buenos Aires, que la lucha ideológica será estruendosa… algo así como la batalla de Normandía… ya que se juega una buena parte del poder. Los medios hoy son el corazón del poder; son su libertad de empresa y nuestra esclavitud de conciencia.
Propiedad privada… propiedad social

Pero bueno, cuando llegamos de un viaje vuelven escenas que nos habitan desde aquellos lugares, anécdotas, momentos placenteros y también risueños. Ocurrió que mirando esa inmensidad multicolor de cerros del altiplano salteño, con un cielo azul surcado por cóndores, desde el mirador de Iruya, una turista porteña le preguntaba a su marido, asombrada: “¿… y de todo esto… quién será el dueño..?” a lo que le respondió él: “nadie… o todos…” y entonces queda pulsando esa vieja nueva cuestión que hace al fondo ideológico e identitario del ciudadano que vive este capitalismo salvaje donde cuesta pensar que aparte de la propiedad privada está la propiedad social de la tierra… y que subyace detrás de la queja y el temor de la derecha ante el justo reclamo del Estado de intervenir en la economía y en Aerolíneas Argentinas en defensa del interés supremo del pueblo. Gustavo González Ramella Carta Abierta Necochea