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jueves, 28 de noviembre de 2013

NICOLAS CASULLO, KIRCHERISMO, ¿PERONISMO DESPUÉS DEL PERONISMO?


En un artículo del año 2003, escrito poco tiempo después de asumir Kirchner la presidencia del país, Nicolás Casullo intentó, con agudeza crítica, repensar el peronismo, sus paradojas, la extraña vitalidad que le volvió a dar esa desaliñada figura proveniente de un lejano sur patagónico, como si intuyera que sin pasarle a esa historia el cepillo a contrapelo sería imposible meterse de lleno en la novedad de una época que se anunciaba como sorprendente e inesperada y que exigía una auscultación sin piedad y sin dogmatismos de una tradición política fuertemente atravesada por su componente mítico que continuaba siendo el factor decisivo de la historia nacional.

No habría, en Casullo, ninguna indulgencia ni ninguna posibilidad de olvido a la hora de revisar una herencia tan malgastada. “De qué manera –se preguntó allí– reflexionar este peronismo que se inscribe en la escena de un país transida por innumerables y duras marcas provenientes de distintos pasados recientes, con inéditas experiencias de la miseria social, con mutaciones lingüísticas, estéticas y expresivas de generaciones jóvenes no peronistas, con bolsones ideológicos cubiertos de carencias de todo tipo, con restos muertos partidarios, con neoformas de las teorías y el conocimiento, con metamorfosis identitarias y subjetividades políticas y morales de nuevo cuño citándose en los baldíos de las urbes. Y esa misma pregunta, qué peronismo, también dentro del contexto de un tiempo capitalista global que nos muestra una producción cultural mundializada decidiendo cotidianamente y como nunca antes lo propio y la idea de lo propio. Gestando formas de la conciencia, relación con lo real, índole de los sujetos, integración a lo civilizatorio, secretos de las sensibilidades de masas ‘viejas’ y ‘nuevas’, alineamientos forzosos de países y regiones y guerras neocolonialistas en nombre de un viejo Jehová anglosajón. La pregunta por el peronismo significa, entonces, cómo pensar políticamente este tiempo democrático”. Casullo vio en el peronismo la conjunción de los extremos, la trama histórico simbólica en la que era posible auscultar los claroscuros de la modernidad, sus momentos atravesados por el deseo de transformación, el mapa de una esperanza social conmovedora del statu quo y, también, la perpetuación, vía sus contenidos de derecha, de un sistema capaz de absorber una de sus dimensiones, la que fue leída por las izquierdas, desde el inicio, como la expresiva de su bonapartismo y de su reducción de la clase obrera a comparsa de un modelo integracionista y conformista.


Para él, sin embargo, lo inusual, lo descentrado, lo irreductible, lo inclasificable del peronismo permaneció siempre ajeno a esa visión cargada de prejuicio e incomprensión. “Peronismo: la plaza del recordatorio festivo, la del renunciamiento, la de la amenaza de escarmiento, la bombardeada, la del cinco por uno, las prohibidas, las postergadas, las recordadas o programadas para el retorno, las de la liberación y las abandonadas. Las plazas fabriles y febriles que marcaron –para el siglo XX– el aferrable lugar de la ‘historia’ política de lo subalterno, pero fuera de los engranajes gremiales, maquinistas, y de las disciplinas horarias. Para el peronismo –sigue Casullo con esta pintura de una extraña e impresionante diversidad que encerraba, desde su visión, la anomalía que, desde un comienzo, atravesó una experiencia política, social y cultural que no dejó de conmover y de imprimirle su marca a una historia nacional que nunca supo muy bien qué hacer con él–, el lugar de una patria posible de remover. El lugar de las masas del siglo XX, el de las memorias y juramento frente a palacios de gobierno, a caudillos, a palcos gigantescos con sus estéticas de grandiosidad que también acompañó, como época, el parto peronista. Congregación para una idea de sociedad ‘hallada’, como movilización total del pueblo en la fragilidad de una Argentina del 45 incierta, adormecida, migradora, simplemente ‘complementaria’. Plaza de la modernidad apasionada entonces, que extremó y tensó la sociedad hacia la plena historia, y que a la vez deshistorizó instancias y crónicas adversarias. Que incorporó edades y enemigos excepcionales, visibles. Sitio excesivamente verdadero y fantasmagórico a la vez, que tanto el socialismo, el anarquismo, el leninismo, el stalinismo, el fascismo y el nazismo interpretaron de una manera acabada”.

Inquietud de una pregunta formulada en la frontera de otra época que, todavía, no se sabía muy bien hacia dónde iba a rumbear. Captura, sin embargo, de aquello que el progresismo y las izquierdas nunca alcanzaron a comprender del peronismo y que le permitió, a Casullo, reencontrar, en esa encrucijada dramática por la que atravesaba un país en estado de intemperie, la dimensión interpeladora y desafiante que el peronismo, al menos una de sus almas, volvía a plantearle a una sociedad incrédula que estaba convencida del final, ¡al fin!, de ese engendro del demonio que había venido a impedir la realización de la Argentina.

Una provocación, un continuo desacomodamiento de lo establecido, un giro inesperado, una ruptura capaz de anular la lógica de la repetición, una energía transgresora en una época en la que supuestamente ya no era posible la transgresión, un equívoco surgido de lo inesperado, un contratiempo del supuesto devenir necesario de la historia de acuerdo a un plan estratégicamente elaborado por los herederos de la generación del 80, un exabrupto discursivo de un coronel trasnochado acompañado por una mujer insospechada y plebeya, un amontonamiento de odios enceguecedores, el “hecho maldito del país burgués”, todo eso era, en la mirada casulleana, el peronismo. Pero también era su envilecimiento menemista, su travestismo oportunista y su gangsterismo corporativo-sindical que había dejado una marca imborrable hasta llevarlo, casi, a su definitiva decadencia. Fue ahí, en ese tiempo de extravío y entreguismo desenfrenado, cuando todo parecía perdido y convertido en recuerdo de un pasado irrecuperable, cuando, de una inesperada jugada del azar, salió el número que, en el último momento, había comprado ese gobernador venido del sur patagónico que tocaría, entre otras, el alma de Nicolás Casullo.



Largamente se ha escrito sobre el papel de “la fortuna” en la historia de las sociedades. Desde Maquiavelo, el gran teórico inaugurador de estas reflexiones insoslayables, se ha insistido, con suerte dispar, en el análisis de la relación, siempre equívoca y compleja, entre el individuo destacado, el azar de la historia y la fuerza de la voluntad. Horacio González, a la hora de intentar descifrar las peculiaridades del kirchnerismo, se detuvo en esta tradición emblemática de la filosofía política. “La fortuna es la condensación del tiempo en forma perpleja, impensada. En verdad –sigue González–, la fortuna es la virtú como conjunto de pasiones realizativas y de iniciativas intempestivas”. Dos rasgos que le caben a Néstor Kirchner que volvió a mostrar que no “hay moldes en la historia sino acontecimientos puros, tan solo paradojales. La fortuna queriendo aparecer con el nombre de virtú”. En la última etapa de su camino intelectual, después de haber atravesado el páramo de la derrota y de haberse internado por las comarcas de la crítica de la modernidad, Casullo se inclinó hacia el reconocimiento de esa alquimia entre fortuna y acontecimiento a la hora de condimentar con nuevas especias el guiso de la política y, sobre todo, cuando buscó comprender qué traía de novedoso el kirchnerismo. Cruzar, como también hace Horacio González, Marx con Maquiavelo, Perón con Benjamin, constituiría lo compartido de una revisión crítica del estado de la cuestión. Me sumo con la discreción del caso, estimado lector, a esa genealogía teórica.


Creo que Carta Abierta, en lo mejor de su recorrido, guarda ese desafío formulado, en el comienzo de esta historia, por un intelectual nunca dispuesto a abandonar la crítica como instrumento decisivo para “pensar entre épocas” volviendo a sostener la dialéctica entre mundo de ideas y mundo de acción. Casullo, en todo caso, siguió buscando, hasta el final, las nuevas palabras para decir lo propio de un tiempo argentino inaugurado por lo que de a poco fue encontrando el nombre de kirchnerismo. Tal vez porque siempre supo, incluso en los momentos de mayor fervor político y cuando los tiempos parecían maduros para la revolución, que el peronismo era portador de distintos rostros. Que ese algo perturbador e incómodo que lo caracterizó desde su origen seguiría acompañándolo a lo largo de su travesía por una historia que lo festejó y lo rechazó con igual énfasis. También supo reconocer los peligros de un aplanamiento ahistórico, de una mitologización capaz de instalarse en el nuevo fervor juvenil impidiendo la imprescindible revisión crítica de un movimiento portador de sus propios demonios.

Después de la larga marcha por el desierto de la derrota, del exilio y de los travestismos que acompañaron al peronismo, Casullo, y algunos otros con él, señaló la necesidad de sortear la tentación de una unidad ficticia escondedora de lo irreductible, de aquello que desde tiempos lejanos mostró los problemas y los límites de una fuerza política construida bajo la figura paradigmática del “acuerdo nacional”. Él siempre destacó la especificidad trágica que acompañó esos momentos, pocos pero decisivos, en los que el peronismo se asumió como el lenguaje de la justicia social y como expresión multitudinaria de los sin voz. Si algo no sintió como lo propio del peronismo fue el abrazo de Perón con Balbín. El desafío plebeyo, la rebelión de los incontables, la presencia de quienes deberían haber permanecido en un segundo plano, ese en el que habitan desde siempre los subalternos, esos fueron los rasgos –traicionados en muchas ocasiones por el mismo peronismo superestructural, el de los dirigentes– que persiguieron las reflexiones casulleanas y que lo acercaron a la inauguración kirchnerista, allí donde vio en ella lo espectral que retornaba.

En los umbrales de un giro epocal, en el inicio del mandato de Néstor Kirchner, escribió lo siguiente a la hora de intentar pensar el peronismo en relación con este nuevo y confuso tiempo que se avecinaba: “Fondo histórico trágico en síntesis, en tanto espacio comunitario enfrentado a la naturaleza impiadosa de una racionalidad económica y a las formas del conocimiento dominante que destinan. Trágico en tanto admita aunar mito y crítica al mito, sin renunciar a la historia. Un tiempo postpolítico donde ensayar la reanudación de la política como forma de la conciencia social después de la obsolescencia de la revolución obrera y en espacios de una historia por ahora indiscernible, contra un mercado erradicador de toda idea de comunidad, justicia y decisiones soberanas. Postpolítica necesitada de citar al pasado para que las nuevas sensibilidades sociales carnalicen en una historia y se desprendan de la homogeneización globalizadora. Tiempo que permita remover la política popular desde otros lenguajes, señas, palabras y marcos de inteligibilidad. Desde otras imágenes teóricas. Tarea para un país quebrado. El desafío –escribía bajo la impronta de un deseo que sería anticipatorio– es político, entendiendo esta idea en tanto construcción política y filosófica. Representa el pasaje desde lo que fue un orden histórico simbólico –‘Estado obrero’ con su contradictorio camino revolucionario entre bases y dirigencias– hacia otra configuración política popular que ensayística, crítica y teóricamente puede plantearse como un peronismo después del peronismo. Planteo histórico discursivo que, en términos de redespliegue democrático, trabaje para un entre tiempos de difícil construcción de las políticas. Construcción con dos tensiones básicas. Una, desde la memoria nacional contra la licuación de los antecedentes y el cinismo político posmoderno. Dos, desde la inscripción de nuevas identidades sociales y culturales victimizadas, desde otra articulación de Estado-economía, contra las estructuras caducas, corruptas, mafiosas y cadavéricas que hoy dominan la política y sus identidades. En el pretexto de la pregunta por el peronismo quizá se esconda la labranza de un pensamiento de época”.


En los años siguientes alcanzaría a ver de qué modo surgían las nuevas preguntas en el interior de una sociedad que era testigo de un giro vertiginoso de los acontecimientos; giro que volvía a tener al peronismo (¿quizá bajo la forma de un “después del peronismo”?) como centro de otra etapa decisiva de una historia nacional que se negaba a cerrar su deriva por el tiempo. Casullo vio en el kirchnerismo una oportunidad que ni el más optimista de los optimistas pertenecientes a alguna patrulla perdida de los setenta podía haber soñado. Pero no imaginó esa oportunidad bajo el signo de la repetición ni del retorno a lo ya vivido. Por el contrario, creía que la única posibilidad que se le abría al país y al propio peronismo radicaba en no regresar sobre lo ya vivido ni reiterar liturgias apolilladas. Lejos de la melancolía, pensaba que era fundamental encontrar esas nuevas preguntas que sólo podían nacer de ideas y palabras capaces de constituirse desde una perspectiva innovadora.

Ese “peronismo después del peronismo” era lo que parecía ofrecer la emergencia excepcional del kirchnerismo. Y a Casullo le interesaba estar a la altura de ese desafío cargado de vientos sureños y portador, a la vez, de un anacronismo provocador y de una novedad inesperada. Lo que provenía de la tradición y del mito, aquello que permanecía a resguardo de las tempestades de la historia, y aquello otro que sólo podía surgir de un plantarse ante los desafíos del presente con un lenguaje profundamente renovado. La amenaza sería, eso pensaba, quedarse atrapado en la repetición, dejarse atenazar por la fuerza inercial del mito extraviando sus contenidos transformadores. Lo cierto fue, una vez más, que el peronismo volvía a conmover la escena de un país que estuvo al borde de su disolución. Y Casullo se propuso interpelar crítica y políticamente esa nueva escena. Esa es nuestra tarea impostergable de cara al camino que conduce hacia el 2015. 
Por: Ricardo Forster
Fuente: Revista 23

Mabel Maidana, Co Coordinadora Comisión Nicolás Casullo
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta.

jueves, 10 de octubre de 2013

CINCO AÑOS DE AUSENCIA FOSFORESCENTE

"La ausencia fosforescente", así tituló nuestro compañero Ariel Magirena su nota en homenaje a la ausencia de Nicolás Casullo. Fue un 9 de octubre de 2008. Día de dolor y tristeza. Las crónicas dijeron "se fue un intelectual comprometido", "murió Nicolás Casullo", "murió el escritor y ensayista", para luego enumerar los textos publicados, sus opiniones y todo lo que suele escribirse en hechos similares.

Para nosotros, para la Comisión de Medios Audiovisuales en Carta Abierta se había ido el compañero, el militante, el tipo de "la palabra justa", el que decía frases como la que encabeza nuestro blog, el que tenía pensamiento anticipatorio, el que en un reportaje que le hizo María Pía López dijo algo así como: "en un encuentro en el instituto Goethe sobre Walter Benjamin, pude ver que a Benjamin lo leía en argentino". Maravillosa fosforescencia la de Nicolás. Tenía 64 años cuando murió pero resplandece hoy. Está presente en nosotros, en una de sus creaciones junto a otros compañeros y compañeras: el Espacio Carta Abierta.
Nicolás Casullo, Horacio González y Jaime Sorin, julio de 2008

"Uno vive el presente como si toda una historia confluyese sobre ese presente, y el presente fuese como una suerte de consumación de todo un proceso histórico" dijo Nicolás Casullo. Me pregunto si el eco de esta frase resonaría en su mente cuando propuso la organización de un espacio de reflexión, pensamiento y compromiso político con la realidad que estábamos viviendo en 2008: la crisis que produjeron los productores agrarios al negarse a pagar el porcentaje propuesto por el gobierno de Cristina Kirchner para las retenciones a las exportaciones, política medular en el programa de gobierno que caminaba hacia la equidad y la justicia social. Y se popularizó la palabra "destituyente" que incorporamos al lenguaje cotidiano.

Se publicó la Carta Abierta/1. Rápidamente el Espacio Carta Abierta se constituyó en convocante para muchísimos compañeros y compañeras desengañados, descreídos, desconfiados, sin ganas de comprometerse políticamente, militantes que se habían ido a su casa y desde allí contemplaban los acontecimientos. En el centro de toda esa movilización de seres humanos, sobrevivientes muchos, ex militantes la mayoría, con ganas de volver a involucrarse, con deseos de participar y hacer frente al movimiento destituyente que veíamos en la famosa pantalla partida. Si, en el centro de esas ganas estaba Nicolás Casullo que observaba calladamente el desarrollo de las asambleas, los sábados en la Biblioteca Nacional.

Aquellas primeras asambleas plenas, horizontales, donde todos aquellos que habían callado durante años pedían la palabra para expresarse, para construir un pensamiento que nos expresara a todos los que allí estábamos y que se plasmaba en las sucesivas Cartas Abiertas. Nicolás escuchaba y observaba. Faltaba poco para el final.
Última asamblea de Carta Abierta en la que participó Nicolás Casullo. Sentado en el fondo, Ricardo Forster con camisa amarillo claro, a la derecha con camisa blanca y chaleco marrón, Nicolás Casullo. Fines de Julio de 2008

Él  que había discutido en su momento el rol del intelectual comprometido, aquella vieja discusión sartreana. ¿Pensaría en  su querida revista Pensamientos en los confines?. Él, que en el exilio había sido parte de un grupo de discusión teórica entre peronistas y socialistas que dio lugar a la revista Controversia, y que se propuso "examinar la realidad argentina". La discusión fue con la derrota a cuestas pero rigurosa en la crítica. Seguro que no le fue fácil desarrollar esos diálogos a la distancia y con el pasado.

De esos debates recupera el sentido de la democracia pero con otros contenidos, este quizá fue un gran aporte que intentó llevar a la práctica; esa democracia que implica la política vinculada a lo popular, democracia en la que lo popular se explaya y se hace visible y presente.

En eso estábamos, la Resolución 125, gran parte del pueblo en la calle, en las plazas de todo el país, el acompañamiento a la Presidenta. Los grupos monopólicos desplegándose. La discusión política se expandía por los rincones del país y en los pensamientos de los jóvenes. Todo fue muy rápido. Nicolás se fue alejando lentamente hasta que llegó el 9 de octubre de 2008, pero muchas cosas habían cambiado para mejor y él había contribuído una vez más para que ese cambio se produjera. Quizá se fue, como leí por algún lado, conjeturando entre Rácing y Jean Paul Sartre, imaginando que estaba en algún bar conversando con los compañeros.
Mabel Maidana, co-coordinadora Comisión Nicolás Casullo
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta.

viernes, 21 de septiembre de 2012

NICOLÁS CASULLO, ENTRE VIENA Y BUENOS AIRES


Por: Ricardo Forster

A Nicolás Casullo siempre le agradó, si es que vale este término, el lugar del margen, el sitio de frontera, las geografías del fin del mundo desde las cuales indagar mejor el crepúsculo de la modernidad y del proyecto civilizatorio encarnado por un Occidente extraviado de sus propias tradiciones. Recuerdo la fascinación compartida ante un artículo del historiador estadounidense Richard Morse, “Las ciudades periféricas como arenas culturales”, en el que se pasaba revista a San Petersburgo, a Viena, a Río de Janeiro y a Buenos Aires como esos enclaves urbanos colocados en la periferia que, sin embargo, pudieron, a través de ciertas literaturas, ver mejor y más profundamente lo que el centro metropolitano no alcanzaba a ver de sí mismo y de su decadencia (allí estaban algunas páginas memorables de Dostoievski, de Musil, de Machado de Asís y de Estanislao del Campo para seguir las huellas de ciudades espectrales en las que la modernidad había dejado una marca cuya visibilidad ofrecía contornos que no eran observables en las urbes del centro más dispuestas a vivir su esplendor enceguecedor que a transitar por esos bordes del sentido que sólo suelen habitar los sitios del margen, esos que la literatura alcanza a vislumbrar con mayor profundidad que las indagaciones de las ciencias sociales).

A Casullo siempre le fascinaron esos sitios a deshora, esos rincones urbanos que parecían remitir a un tiempo acontecido, esos bares y cafés que atesoraban la memoria de conversaciones antiguas. Su fascinación por la Viena fin de siglo se relaciona directamente con esa mirada crepuscular y decadente que se desplegó, casi como una segunda naturaleza, por la ciudad mítica de ese extraordinario tiempo de una modernidad que se preparaba para entrar en su propia noche. Viena fue la ciudad de las contradicciones y las opacidades, el sitio del esplendor y de la hipocresía, el del refinamiento mayúsculo de la cultura y el de la miserabilidad obrera; la ciudad de Freud, de Klimt, de Mahler y de Schoenberg, pero también la que vio deambular por sus cafés y calles espléndidas a un joven aspirante a pintor frustrado que dejaría su impronta brutal en el siglo que estaba comenzando. O esa otra ciudad trajinada pobremente por exiliados rusos que, reunidos en sus cafés, soñaban con una revolución que, aunque no lo supieran, estaba a la vuelta de la esquina mientras León Trotsky –“La pluma”– escribía sus artículos incendiarios y las prostitutas satisfacían lo que las elegantes mujeres vienesas, respetables e histéricas que tanto hicieron para inspirar al fundador del psicoanálisis, no podían hacer con sus esposos y pretendientes.

De Viena lo fascinó su decadentismo cultural, esa manera tan extraña de caminar al borde del precipicio como si nada pudiera suceder; pero también le impactó su cosmopolitismo que le permitió mezclar desde el conservadurismo más anacrónico de un emperador que vivía sin luz eléctrica, sin teléfono ni ninguna otra tecnología de una modernidad que lo abrumaba y lo aterrorizaba y a la que no podía entender, pasando por las primeras formulaciones del antisemitismo devenido en política de masas con el famoso alcalde Lüger, hasta llegar al austromarxismo y a las más diversas experimentaciones vanguardistas que no dejaron ningún lenguaje del arte por tocar. Viena fue para el ensayista argentino un viaje por la literatura de von Hofmannsthal y de Musil, de Hermann Broch y de Elías Canetti (todos amparados bajo la sombra desbordante de Karl Kraus, personaje de ese tiempo vienés que tanta influencia tendría sobre ciertas interpretaciones casullianas ligadas a los medios de comunicación y a la industria de la cultura, allí donde un discurso irreverente y subversivo lograría anticipar la catástrofe que se avecinaba y que en la indagación de Kraus asumía la forma de la degradación del idioma). Pensando en la significación que podía tener ese largo viaje hacia una geografía temporal y espacial tan aparentemente alejada de nuestras problemáticas de sociedades tercermundistas en medio de una crisis cuyo final no se avizoraba en el inicio de los años ’90, Casullo se ocupó y se preocupó por señalar los vasos comunicantes y las potencialidades iluminadoras de la que era portadora esa época crepuscular de principios de siglo XX: “Como si aquel tiempo centroeuropeo entre dos siglos –escribió en La remoción de lo moderno. Viena del 900– pudiese emblematizar la crónica de los sub-pueblos de la cultura moderna, aquellos pueblos que desde sus regiones de lejanía, le regresaron a la modernidad un espejo crítico inusual y anticipado […]. Como si la frontera, ese ser ‘al sur de una punta’ como comienza Sarmiento su primer capítulo del Facundo, sería en lo moderno, algo similar a lo que expresa Magris para Viena-Mitteleuropa: ‘ese arte de vivir en el borde de la nada como si todo estuviese en su sitio’”. Nicolás fue a buscar a la ciudad-marca del Imperio no sólo las evidencias de una modernidad en crisis sino que, como si fuese un espejo, indagó, a través de ese viaje, la actualidad argentina que, en su mirada crítica y conocedora de las “ruinas de la historia”, se acercaba fatídicamente a esa escenografía “de los últimos días de la humanidad”.

Nicolás Casullo piensa “Viena” como un laboratorio que anticipó en gran parte el devenir posterior de una modernidad burguesa que era incapaz de eludir su propia crisis, del mismo modo que en ese “estallido del sentido” era posible vislumbrar a un sujeto atravesado por la ilusoriedad y “un preanuncio de corte posmoderno de lejanía y descentramiento”. En el cierre de la década del ’80, y cuando la hiperinflación hacía estallar los últimos entusiasmos democráticos abiertos por el gobierno de Alfonsín, Casullo viajaba en el tiempo para intentar comprender un presente en estado de zozobra, una época que se movía entre el derrumbe de la Unión Soviética que terminaba por demoler las ilusiones de ese otro gran relato de la modernidad que fue el socialismo, y el anuncio del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Tiempo de una posmodernidad triunfante y agresiva que se mezclaba con filosofías de la deconstrucción del sujeto y de la radical puesta en cuestión de los últimos principios actuantes de un proyecto, que si bien Jürgen Habermas declaraba “inconcluso”, parecía estar recorriendo su último camino hacia la disolución mientras, en paralelo, la economía-mundo de un capitalismo dominado por su matriz financiera se desplegaba sin contrincantes y rompiendo los últimos diques de contención que hasta ese momento le planteaban los “socialismos reales” (definitivamente agusanados por sus propias falencias y horrores) y una socialdemocracia que también iniciaría su tiempo de ocaso y de repliegue hasta convertirse, incluso, en funcional a la cristalización del modelo neoliberal. En todo caso, Casullo encontró en Viena el anticipo de “un mundo de ruinas” que se proyectaba, bajo la forma de la anticipación, al cierre de una época iniciada con la ilustración y que estallaría a partir de la Primera Guerra Mundial. Viena fue también el jeroglífico que le permitió desentrañar de qué modo en esa ciudad mítica la revolución no fue otra cosa que una conversación erudita, un juego de innovación estética o la pura evidencia de su imposibilidad en el mismo momento histórico en el que asumía todo su esplender incendiando las estepas rusas y proyectando hacia Occidente el sueño realizado de las insurrecciones obreras. Mientras eso sucedía en San Petersburgo y en Moscú, en Odessa y en Bakú, mientras Lenin, con su Marx releído con los prismas de un Hegel recién descubierto, no sólo teorizaba sino que lideraba la revolución bolchevique, la de los obreros, soldados y campesinos, y John Reed viajero y cronista de la revolución escribía Diez días que conmovieron al mundo, en Viena lo importante podía discutirse cómodamente sentados a la mesa de algún café de la Ringstrasse. Mucho tiempo después, en otra encrucijada de la historia moderna, recurriría a Viena para pensar una Buenos Aires espectral que emergía, alocada y desorbitada, de la noche de la dictadura, de la desilusión democrática y del aquelarre hiperinflacionario.


“¿Hasta dónde estas distancias vienesas y mitteleuropeas, latiendo hacia afuera y hacia adentro de su finisecular y definitiva constitución moderna –se preguntaba Casullo–, no se aproximan a nosotros? ¿O es sólo la fragilidad de una escritura en otra víspera de época, la que puede trazar citas de ciudades lejanas al epicentro moderno parisino, londinense, y descifrar en ciertas crónicas urbano culturales de los costados, de las afueras, de las distancias, una postergada y a lo mejor inútil similitud de duelos en la historia?”. A él le fascinaban las similitudes entre ese caminar por el borde del precipicio que experimentaba en la Buenos aires de la hiperinflación y la que reconocía en la ciudad de los Habsburgos y en esas escrituras capaces de contemplar los bordes del abismo intentando, sin embargo, encontrar palabras que pudieran decir un mundo en estado de zozobra. No fue casual que citara a Emile Cioran en el comienzo de su ensayo sobre la Viena fin de siglo y como una suerte de programa de su propia biografía y búsqueda intelectual: “Ese es el drama –escribe el filósofo rumano– pero también la ventaja de haber nacido en un medio cultural de segundo orden. Esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América latina. Estar destinados, forzados a la universalidad, a ejercitar el espíritu en todas direcciones. Un yo del que todo emana y en el que todo acaba. El yo como farsa suprema. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto?”. Viena y Buenos Aires como brújulas de una modernidad desorientada, como señales del fin de una época y como mojones de una crisis capaz de iluminar con mayor intensidad el agotamiento de un proyecto civilizatorio.
En el final de los años ’80 y al inicio de la emblemática década del ’90, Casullo no podía, todavía, imaginar el desenlace aunque sí anticipar que la corrosión del neoliberalismo en Sudamérica haría más indispensable seguir por la huella de esos pensamientos del margen; lo que sabía era que para avanzar con las armas de la crítica era decisivo descolonizar la conciencia alejándola de las irradiaciones de un centro que en su potencia hegemónica se devoraba sin miramientos la independencia reflexiva y transformaba a los intelectuales periféricos en meros repetidores de lo que se cocinaba en las academias del norte. Por eso le fascinaba esa encrucijada mitteleuropea en la que algunos espíritus fuertes y arriesgados decidieron ir hasta el fondo de las cosas para descubrir, al mirar del otro lado del umbral, que todo tambaleaba. Al autor de Las cuestiones le interesaba “trabajar los pretéritos para pensar los matices que tendrá el epílogo de un gran período histórico, (este que vivimos)”, por eso el viaje hacia Viena y el intento de jugar en espejo con Buenos Aires, ciudades, ambas, “que en un preciso período engarzaron desconciertos parecidos sin advertir la semejanza”. Peregrinación desde la desolación de un presente que espectralmente lo remite hacia ese pasado en el que la modernidad se enfrentó a su propia obsolescencia. Bordes, ambos, de una época que se despide de su refulgente novedad bajo la forma de los lenguajes de la interrogación y del silencio.
Por eso nunca dejaba de mencionar que Buenos Aires, “su” ciudad, guardaba, gracias a las crisis recurrentes, algo de un pasado que la piqueta modernizadora no había terminado por disolver y que, siguiendo otras pistas y otras historias, le permitían comprender la dialéctica entre esplendor y decadencia. Su fidelidad por el barrio de la infancia y la adolescencia, por ese Almagro de milongas y de tanos verduleros, se entrelazó, qué duda cabe, con esas otras fidelidades a saberes, ideas, lecturas y tradiciones que nunca lo abandonaron aunque en cada momento de su vida pudieron asumir distintas características o, algunas, permanecer a un costado a la espera de su oportunidad.
Buenos Aires siempre fue para él la ciudad de las mezclas y de los intercambios, el sitio de las confluencias y de las tradiciones múltiples; lugar mítico en el que el centro se vuelve periferia y la periferia se vuelve centro enlazando lenguas que viniendo de los distintos confines terminan por ir dándole su fisonomía a la lengua de los argentinos. Una ciudad de aperturas pero también de estrecheces y prejuicios que siempre parecía avergonzada por extraviar su origen europeo en medio del avance irreversible de la barbarie. Para Nicolás la ciudad de los márgenes remitía a la oportunidad de ver lo que el centro hegemónico no alcanza a ver de sí mismo, como si todavía persistiesen esos anacronismos que, de algún modo, interrumpen la fatalidad de la modernización y que alcanzan para auscultar el rostro de la herrumbre en medio de los esplendores de las ciudades del capitalismo triunfante. De ahí la atracción de ese artículo de Richard Morse y la empatía con la que leyó las reflexiones que hiciera Emile Cioran al morir Jorge Luis Borges: para el filósofo rumano la coincidencia que se daba entre el escritor argentino y él era, precisamente, que los dos venían de extramuros, de rincones apartados del centro del mundo y que, justamente por eso, estaban obligados al cosmopolitismo, a la indagación que transgrede las fronteras y el provincianismo que Cioran les achacaba a los parisinos que, eso escribió, son incapaces de ver más allá de sus narices. Nicolás jugaba con esta imagen de una Buenos Aires babélica aunque también, y sobre todo al enfrentarse a la degradación cultural y social de las últimas décadas del siglo XX, no podía dejar de señalar su profundo deterioro, su extravío hacia el páramo de la pasteurización de época que le iba rapiñando sus enigmas y sus especificidades de ciudad moderna que supo cobijar en su seno historias míticas enhebradas con multitudes desafiantes del poder establecido y empecinadas en dejar su marca en la vida argentina. Pero también la ciudad del dolor y la violencia, la de los grandes sueños transformados en pesadillas por un poder criminal que alteró para siempre su fisonomía de ciudad burguesa para ofrecer, en muchos de sus rincones, la huella de lo siniestro. A lo largo de su vida insistió en caminar y vivir Buenos Aires como si, de algún modo, siguiera siendo la de sus grandes escritores y la de esos acontecimientos vueltos míticos que le otorgaban una rara atmósfera de anacronismo en medio de una época absolutamente homogeneizadora de experiencias, estilos, lenguajes y tradiciones.
Pero también hay otra lectura en la que se juzga muy duramente la ciudad del olvido, la que va dejando brutalmente atrás la memoria de un pasado que se quiere tabicar bajo los signos de la especulación inmobiliaria o las elegías de un progreso que siempre tenía el rostro girado hacia el futuro y como negadora de sus noches de sangre y fuego que van desde los pogroms de la Semana Trágica hasta las cacerías nocturnas de los años de la dictadura de Videla. “La propia ciudad de Buenos Aires –escribe en Pensar entre épocas– es la monografía insuperable de cómo jamás supimos vivir sintiendo que habría cosas que guardar, no demoler, pero sin referirlo. Hay algo que no debe ser violentado aunque no tenga decreto protector, ese algo a reencontrar se da en el supuesto silencio arquitectónico de una calle que no está ahí para la memoria, y sin embargo es eso: el imprescindible ser hacia atrás para poder mínimamente concebirnos. Seguimos siendo la tierra urbana arrasada y sin historia de la especulación inmobiliaria del 900, que mudó de barrio, de nombres de calles y de amores y aniquiló todo resto colonial. Nuestra historia de ojos siempre empieza en el último diseño de pizzería o en ocho restaurantes caros que fundan ‘un barrio’. Se dice y se repite que la dictadura del 1976 cortó una historia intensa con nuestro pasado, mal o bien entrelazada. Nosotros, los de mi generación, seríamos aquella juventud que pudo asistir o intervenir en la última disputa por la historia: creer que en la memoria falaz o cierta de las cosas ocurridas hacía mucho anidaba el secreto como resolución nacional postergada”. En todo caso, Nicolás Casullo no dejó de perseguir, tanto en sus recuerdos como a través de su escritura, las huellas, las marcas y los restos de una ciudad en la ciudad, de una Buenos Aires espectral que guardaba, pese a todo, la memoria que, eso no dejaba de señalarlo enfáticamente, es siempre de un pasado construido bajo los prismas y las urgencias del presente.
Fuente: diario Tiempo Argentino

lunes, 15 de noviembre de 2010

NICOLAS CASULLO PUDO VER AL HOMBRE QUE VENÍA

"Nicolás Casullo escribió esta nota en mayo de 2002, un año antes de que Néstor Kirchner llegara a la presidencia y antes incluso de que fuera realmente un candidato. El notable texto pinta el personaje que el gobernador patagónico podría llegar a ser y en muchos aspectos realmente fue."

Así introduce el diario Página 12 el artículo que publicó en su edición de este domingo 14 de noviembre de 2010. Lo reproducimos en memoria de Néstor pero también de Nicolás, nuestro querido Nicolás que falleció el 9 de octubre de 2008.


El hombre que venía
Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si hubiese olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista. Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor.

Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT Framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la Tendencia, los comandos de la liberación, ahora sólo eso, voces en la casa vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los ’70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el General, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el ’76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos. De ahí que en las nuevas generaciones de jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel “peronismo de izquierda” no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado. Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, del respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo. Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista “referente” se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos. Larga es la lista de enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los “cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo” y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones.

En esa temeraria pelea está inscripto hoy el santacruceño. Según muchos, Kirchner asume la responsabilidad de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas “setenteros”, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del ’45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volver a pasar, aunque todavía no se note, ni se crea, ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria.

Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con su silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en realidad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto, donde el país se desbarranca por la ladera, perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional.

 Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas “re-reelecciones” de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saá. Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya. Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80 por ciento no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del consciente pero no del todo. Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master.

Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no “negocio”. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe.

En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que ésta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur.
Fuente: Página 12, 14 de noviembre de 2010
Mabel Graciela Maidana, Co-coordinadora "Comisión Nicolás Casullo"
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta

martes, 16 de marzo de 2010

¿QUE FUE DEL CLIMA DESTITUYENTE?

Ricardo Forster, integrante de la coordinación de Carta Abierta, dijo en un reportaje publicado hace mas de un año que él nunca había sido peronista, que provenía de un hogar de típica clase media más bien antiperonista, y que se hizo kirchnerista "por espanto". Sintió espanto por la clase media bienpensante que construía una versión racista y prejuiciosa de la realidad cuando el conflicto con los empresarios agrarios.

Sin embargo Ricardo Forster es actualmente uno de los pensamientos mas agudos, organiza un relato que desmenuza las palabras y les devuelve un contenido que flota sobre los significados enraizados en una visión política enclavada en el peronismo.

Nunca como hoy la palabra "destituyente" es utilizada casi a diario, ha logrado un lugar en el habla cotidiana. Escribo ésto pensando en el maestro Nicolás Casullo quien nombró y echó a rodar la palabra "destituyente", siempre extrañado, siempre pensado, leído y recordado. Ricardo Forster hace que esos pensares y pesares adquieran la fosforescencia de aquella ausencia.
Mabel Maidana, Co-Coordinadora Comisión "Nicolás Casullo"
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta
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Leamos a Ricardo Forster en un artículo publicado en la Revista23 el 10-03-2010

Cuando en abril del 2008 se publicó la primera de las cartas abiertas propuestas a la sociedad por un amplio abanico de hombres y mujeres de la cultura y de la vida intelectual y académica, en ella se lanzó al ruedo una idea que luego recorrería la escena política y mediática de un modo que sorprendió a quienes habían redactado esa carta. En ella se decía que se percibía en el país, a partir de la agresividad de las medidas tomadas por la mesa de enlace y festejadas por gran parte de los medios de comunicación hegemónicos, la aparición de un “clima destituyente”.

Lo que se intentaba señalar era que una oscura y continua tradición de horadación y de debilitamiento de los gobiernos democráticos volvía a hacerse presente en el escenario argentino y particularmente contra el que iniciaba Cristina Fernández que apenas si llevaba tres meses al frente del poder ejecutivo y luego de haber recibido el apoyo del 46% de la población. Tradición agresiva y antidemocrática de las corporaciones económicas y sus aliados políticos que siempre estuvieron acostumbradas a ejercer el verdadero poder detrás de gobiernos democráticos débiles o paulatinamente debilitados por un sinnúmero de presiones. Complicidades de sectores de la oposición entusiasmados con “heredar” antes de tiempo a quien había ganado legítimamente la elección y se negaba a doblegarse ante las demandas corporativas, demandas, vuelvo a decirlo, que son y han sido permanentes en la vida de la democracia argentina.

Raúl Alfonsín, como antes Arturo Illía, supieron de esas presiones inclementes que acabaron por arrinconar, debilitar y, en el caso del médico cordobés, arrojarlo del gobierno a través de un golpe militar, sus tímidas intenciones de controlar y limitar el peso del poder económico. A Alfonsín las distintas corporaciones lo dejaron exhausto e indefenso en medio de un estallido brutal de la economía que desencadenó un proceso hiperinflacionario. Incluso aquellos que gobernaron a favor del establishment económico-financiero, como lo hizo De la Rúa, fueron escupidos del poder cuando demostraron su inutilidad. En el laberinto argentino las diversas formas de la desestabilización siempre tuvieron como núcleos referenciales, generalmente en las sombras y detrás de la escena visible, a los poderes económicos y a sus aliados (pudieron ser los militares cuando los golpes de Estado eran avalados por Estados Unidos y cuando la Constitución era un papel mojado al que nadie hacía caso; fue y lo sigue siendo gran parte de la cúpula de la Iglesia, sectores del sindicalismo y una porción no menor de una clase política funcional a los intereses del gran capital). Una debilidad de origen acentuada por la crisis de las representaciones políticas y por esa persistencia de una fuerte matriz antipolítica que recorre la vida argentina y que suele manifestarse con especial virulencia en las clases medias (una clave para entender el estallido del 2001 es seguir la pista de ese rechazo visceral hacia la política, forjado en las primeras décadas del siglo pasado y luego multiplicado con el correr del tiempo, rechazo asociado a la reducción de lo político a corrupción, venalidad y vaciamiento del ideal republicano que sólo podían sanearlo actores independientes y no sospechados de ser parte del “universo de la política”, fueran estos militares o empresarios).

Ellos, los dueños del capital y de los medios de comunicación, los grandes formadores de precios y los constructores de “opinión pública”, han fijado a discreción los límites, ese contrato no escrito con gran parte de la clase política y sus partidos ahuecados y fantasmales, con el que han venido, desde hace décadas, imponiendo sus condiciones. La democracia argentina no ha sabido, al menos hasta estos últimos años, deshacerse de ese enorme chantaje que encuentra en ciertos periodistas “independientes” y en la meticulosa y permanente construcción de sentido común por parte de los grandes medios una maquinaria brutal que articula con fuerza el núcleo destituyente de su accionar.

En otros tiempos argentinos el camino para sostener los intereses de los poderosos era incitar a los militares para que acabaran con los corruptos y antirrepublicanos que amenazaban las bases mismas de la nación. Entre el año ’30 y el ’76 el país fue testigo de una sucesión de golpes encabezados por aquellos que decían ser los genuinos defensores de la tradición republicana envilecida por el populismo, la ineficiencia y la corrupción de los políticos. Detrás de ellos, sustentándolos y ofreciéndoles apoyo ideológico, estaban el establishment económico y sus respectivos “comunicadores” (desde los lejanos tiempos de Natalio Botana al frente de Crítica y horadando al gobierno de Yrigoyen, pasando por Mariano Grondona y Neustadt, hasta los actuales adalides de la independencia periodística, lo que se desplegó fue la poderosa presencia de la maquinaria mediática puesta al servicio de esos intereses hegemónicos y siempre justificando su accionar en la defensa de la “verdadera democracia” y de la “calidad institucional” amenazada, cada vez, por gobernantes corruptos, inútiles o autoritarios. Su estrategia actual es jugar en espejo con las enseñanzas dejadas por Honduras y su golpe institucional en nombre, ahora, de la “defensa de la democracia contra aquellos que, desde su interior –léase los gobiernos considerados “populistas”–, intentan debilitarla y restringirla de un modo autoritario”). Seguir las columnas de Morales Solá en La Nación –erigido en vocero “intelectual” de una oposición a la que azuza para que se una más allá de sus diferencias y desconfianzas– es un buen ejercicio para observar de qué modo, con qué argumentos, la derecha busca destituir al gobierno siguiendo, según las circunstancias y las oportunidades, distintas estrategias que converjan, todas, en la clausura deseada del gobierno kirchnerista.

 Cuando entró en decadencia la más brutal de las dictaduras que hayamos conocido y cuando la “solución militar” comenzó a perder vigencia y legitimidad, incluso para el imperio del norte, la democracia se convirtió en el bien más preciado y “defendido” por todos los actores sociales, económicos y políticos siempre y cuando, eso por supuesto nadie lo diría, no se intentara, bajo estos nuevos aires democráticos, cuestionar el poder concentrado de las corporaciones económicas. Los que amanecieron fueron gobiernos democráticamente legitimados que, sin embargo, no pudieron eludir, y tal vez no se lo plantearon, el modelo de dominación férreamente construido en los años de la dictadura videlista. El primer tramo del gobierno de Alfonsín, con Grinspun como ministro de Economía, intentó fijar un rumbo distinto buscando desprenderse de la maldita herencia dejada por Martínez de Hoz. Fracasó, y la respuesta fue primero el Plan Austral y luego, al mostrarse incapaz el gobierno de administrar las nuevas formas de ajuste y las nuevas exigencias que le irían dando forma a la alternativa neoliberal, lo que le sucedió fue el abismo hiperinflacionario y la continuidad, sin fisuras hasta mayo del 2003, del predominio absoluto de las corporaciones económicas. En el medio, el menemismo dejó su profunda marca en el cuerpo argentino, contribuyó a lo que Nicolás Casullo denominó con una elocuente imagen: “El prostíbulo del sentido común argentino”, ese que ha venido cobijando el cualunquismo de una parte notable de la clase media.


 Lo destituyente, ese inesperado giro retórico lanzado en la primera Carta Abierta, que vemos reaparecer con especial virulencia entre la mayor parte de la oposición y que recorre con sus mecanismos cada vez más indisimulados los pasillos del Congreso de la Nación y las principales tapas de diarios y de informativos televisivos y radiales, no representa otra cosa que el deseo de reapropiarse de las decisiones gubernamentales por aquellos que defienden los intereses de los poderosos. Lo que buscan es ponerle fin a esta excepcionalidad que, rompiendo los moldes aceptados por el establishment, hizo girar de un modo distinto la rueda del poder en un país acostumbrado a arrodillarse ante los dueños de las riquezas, esos mismos que buscan impedir, a como dé lugar, un cambio en la distribución de la renta que beneficie a los incontables de la historia. Así ha quedado claro con el rechazo del pliego de Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central, un rechazo inédito y que pone de manifiesto que la oposición desea impedir que alguien opuesto a la ortodoxia neoliberal dirija nuestra institución monetaria. Rechazar el Fondo del Bicentenario, judicializar todas las decisiones presidenciales de un modo abrumador e intolerable para la propia democracia, apropiarse de todas las comisiones rompiendo todos los antecedentes parlamentarios de la historia argentina, son apenas las pruebas de su indeclinable acción destituyente que se entrelaza con el papel inverosímil e insostenible del vicepresidente de la Nación que se ha convertido en la cabeza visible de esa oposición.  

A todo eso lo llaman defender la República y luchar contra la falta de calidad institucional. Han erigido una alianza impresentable, oportunista, una verdadera tienda de los milagros entre Giustiniani y Menem, entre Rodríguez Saá y Gerardo Morales, entre Chiche Duhalde y Estenssoro, entre Federico Pinedo y Carrió, entre Felipe Solá y Oscar Aguad, entre Reutemann y Binner, entre Sanz y De Narváez, entre Macri y Ricardo Alfonsín. Tienda de los milagros que se convertirá, si logran su cometido destituyente y al día siguiente de su imaginado éxito, en una batalla campal de todos contra todos por ese poder vacante que cada uno de ellos desea con especial fervor. Eso es hoy la oposición, esos son sus fervores republicanos y su defensa a rajatablas de las instituciones. En esa toma por asalto de las comisiones sin respetar el lugar y el papel de la primera minoría que, además, representa al oficialismo; en ese intento absurdo de hacer girar la Constitución nacional a su antojo para que pasemos a ser de hecho un país con régimen parlamentario sin paso previo por una reforma constitucional que elimine el presidencialismo vigente; en su indisimulado rechazo al uso de reservas para pagar deuda sabiendo que las otras alternativas suponen una política de ajuste (incluyendo en esto a los sectores “virtuosos y puros” de cierta centroizquierda que vende su apoyo por el plato de lentejas de una comisión de investigación de la deuda externa que dejará de funcionar y de tener alguna significación en el preciso instante en que la oposición de verdad, la que representa a las corporaciones económicas, llegue al gobierno), en todas estas actitudes, en esta construcción de un verdadero bloque variopinto que se une con la sola misión de debilitar al gobierno impidiéndole gobernar, es que se manifiesta con toda su virulencia la persistencia acá, ahora y entre nosotros, del “clima destituyente”.