"Los medios que evidentemente forman parte del establishment, se han convertido en partidos de derecha" Nicolás Casullo.
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domingo, 5 de enero de 2014
LA CUESTIÓN MILANI
Por Ricardo Forster
(...) El camino recorrido desde el 2003 –incluso si retrasásemos la fecha a diciembre de 2001– no sólo ha redefinido dramáticamente la marcha del país sino que nos ha interpelado de un modo como ya no parecía posible. De la desilusión y el escepticismo, de la profunda crisis de las ideologías progresistas y populares a una visión pesimista de la época dominada por un capitalismo hegemónico y despiadado, hemos pasado, con sus más y sus menos, a una intensa repolitización acompañada por la reaparición del entusiasmo y de la fuerza del pensamiento crítico asociado a prácticas políticas que desafían, en Sudamérica, el orden neoliberal hegemónico a nivel global. Es en este contexto en el que hay que intentar situar y comprender el debate alrededor de Milani y la política de derechos humanos.
No somos los jóvenes revolucionarios de los ’70 que pensábamos la política como instrumento para la creación de una nueva sociedad y que soñábamos –bajo la lógica de lo absoluto e innegociable– tomar el cielo por asalto llevando adelante nuestros ideales blindados e implacables con nuestras debilidades y/o contradicciones; tampoco somos, por suerte, los escépticos contempladores de una sociedad devastada que parecía haberse tragado ideales y posibilidades de habitar la política desde la perspectiva de una incidencia efectiva sobre una realidad viscosa; tampoco somos, estrictamente, aquellos intelectuales que, con nuestras revistas a cuestas y a contracorriente de las hegemonías culturales de los ’90, insistíamos con la crítica del mundo sabiendo de la corrosión de nuestras propias tradiciones político-intelectuales o, para decirlo casulleanamente, de una crítica capturada, ella también, por un sistema voraz que ni siquiera dejaba lugar para imaginarnos fuera de sus tenazas y de su fuerza de absorción cuando todo discurso, por más radical que pareciese o fuera, quedaba como “un florero en el living del burgués”; tampoco somos, después de diez años de kirchnerismo, los portadores de los mismos entusiasmos que, principalmente, nos conmovieron desde el 2008, pero tenemos (tengo) la certeza de seguir viviendo los mejores años de la democracia argentina, años de profunda reparación no sólo del país sino, fundamentalmente, de nosotros mismos, de nuestra manera de estar en la escena nacional y de repensar muchas cosas. Sin la marca que en nosotros han dejado estos años sorprendentes, sin lo que he denominado en otro lugar “el nombre de Kirchner”, su tremenda interpelación a una sociedad incrédula, nada de lo que ha ocurrido hubiese sucedido del modo como sucedió.
El giro de la materialidad histórica habilitó el advenimiento, bajo nuevas condiciones, de esa relación siempre tensa y compleja entre intervención política y mundo de ideas. Lo que parecía desahuciado por la inclemencia de hegemonías pospolíticas y poshistóricas, un abigarrado mundo de tradiciones intelectuales que por comodidad llamo de “izquierda”, pudo regresar sobre la escena de otra realidad para intervenir sobre esa misma realidad. Estos diez años también han rescatado de sus confusiones y crisis, de sus imposibilidades y estrecheces, de sus dogmatismos y sus parálisis, a esas tradiciones nacidas de ideales emancipatorios e igualitaristas. Inclusive ha posibilitado un salto cualitativo para los propios movimientos de derechos humanos, que han visto cómo se concretaban sus demandas cuando nada parecía abrir esa posibilidad en un país dominado por la impunidad y el cinismo. Se pasó de lo testimonial a una política de Estado. Y se lo hizo tanto para reparar una deuda con la memoria de los desaparecidos como para dotar de legitimidad ética a una reconstrucción de la política y de la sociedad.
El kirchnerismo conmovió creencias, certezas, sospechas, olvidos, negaciones y, también, nos permitió ser más generosos con los ideales de antaño al mismo tiempo que, para nuestra sorpresa, nos puso en el centro de la escena para disputar una pelea que ya no soñábamos. No nos prometió las certezas de ayer ni sus blindajes ideológicos (por suerte); tampoco nos aseguró que su marcha por el tiempo iba a ser impoluta. Todo lo contrario. Siempre supimos de las contaminaciones, de la resaca, de los límites y de las tramas canallas que se encierran en el peronismo (y que por extensión podríamos ampliar a las experiencias de izquierda que recorrieron el siglo pasado). Sabíamos que íbamos a incursionar en la política desde un lugar insólito para la mayoría de nosotros: defendiendo al gobierno nacional, siendo “oficialistas” y, claro, poniendo en debate, otra vez, la relación entre ideales y política en la época en la que se acabaron las certezas que cobijaron nuestra comprensión de la historia y de su marcha triunfal hacia el socialismo o lo que fuera su equivalente argentino.
Vamos en gran medida avanzando sin brújula y casi a ciegas por el escenario de un mundo dominado por un capitalismo implacable que seguirá intentando arrasar con esta anomalía sudamericana que tiene uno de sus enclaves más provocadores en la Argentina (eso sería bueno siempre recordarlo a la hora de ser duros con las políticas oficialistas, es decir, no subestimar lo que significan las ofensivas brutales de la derecha contra nosotros, ofensivas, como ya se ha señalado insistentemente, que ponen en evidencia la enorme provocación que el kirchnerismo le ha hecho al poder real). Pero, sobre todo, no podremos dejar de sentir las tensiones entre las exigencias de la política como lenguaje positivo –seguro de sí mismo y sin fisuras ni ambigüedades– y las demandas de la lengua crítico-intelectual (esto no significa que deba leerse la política sólo desde la linealidad afirmativa y a la crítica como deudora de instancias no políticas o definidas bajo la lógica de una negatividad libertaria). Habitamos esta tensión. Carta Abierta, su especificidad, tiene que ver con esta problemática a la hora de intervenir en la disputa política. Nada nos es fácil ni lineal porque intentamos conjugar sensibilidades distintas, lenguas que no reconocen el mismo origen ni los mismos énfasis. Y sin embargo, Carta Abierta es ambas cosas y debe seguir siéndolo si es que quiere insistir con su contribución (que creo sustantiva) al proyecto emancipatorio que, recuerdo, se inició inesperadamente en mayo de 2003.
2 Milani, su ascenso y su nombramiento tienen que ver directamente con estas preocupaciones y con estas contradicciones, nuestras y del proyecto. Lo inmediato, no sé si lo más sencillo, es responder bajo la exclusiva demanda de los principios y de la actividad crítica y, claro, desprendernos de las exigencias de la razón política a la hora de rechazar a quien, supuestamente, está manchado por los crímenes de la dictadura (no es difícil hacer lo que hace el CELS, y eso independientemente de que admire y valore su enorme trabajo en defensa de los derechos humanos, porque su lógica es otra y su manera de colocarse ante las demandas de la feroz disputa política es inversamente proporcional a la nuestra, que no somos una ONG ni un centro de investigaciones que se deben a sus fundamentos normativos y a sus protocolos. Nosotros somos un extraño y algo extravagante colectivo político que navega por aguas tormentosas y para nada cristalinas y que debe asumir posiciones sabiendo que, del otro lado, hay un enemigo dispuesto a aprovechar absolutamente todo lo que digamos y hagamos, pero sabiendo también que no se contribuye a avanzar bajo la lógica de la complacencia y el seguidismo acrítico. Esta tensión nos atormenta y nos enriquece).
Un difícil y a veces imposible equilibrio entre las demandas implacables de la lucha política y las demandas, distintas y complementarias, que nacen del ámbito de las ideas y de los dispositivos éticos. Una vieja y siempre renovada controversia que viene acompañando, al menos desde la Revolución Francesa y pasando por todas las experiencias revolucionarias del siglo veinte, cualquier intento de avanzar en una línea popular enmarcada en el interior de la vida democrática. El debate que ha suscitado el ascenso y el nombramiento del general Milani debe inscribirse en esta larga y no saldada tradición, que sólo habita el universo de los proyectos progresistas. A la derecha jamás la desveló este tipo de polémicas (salvando excepcionales reticencias morales de algunos escasos intelectuales provenientes de ese sector). Seguramente es esa condición la que ha sostenido moralmente –tanto en la victoria como en la derrota– a las tradiciones de izquierda y nacional populares. Para ellas nada es lineal ni se resuelve bajo la exclusiva lógica de la razón de Estado. Por eso nos preocupa y nos ocupa la “cuestión Milani”.
Horacio González ha escrito un texto importante que nos exige reflexionar sobre nosotros mismos. El, eso creo, está convencido de la opción, voy a llamarla por comodidad, “ética” que, no por ser tal, deja de ser política. Su planteo, complejo y profundo, nos lleva a debates que no pueden resolverse en algunas líneas o de manera unívoca. Es el debate de la decisión moral, de la permanencia de los principios y de la capacidad de todo individuo de elegir, inclusive en las peores circunstancias, si hacer el mal o no. Pero es también la discusión, nada menor, de los cambios en la vida de una persona (los ejemplos que ha dado Horacio, igual que otros que han intervenido en el debate, son multiplicables e involucran muchas experiencias –incluyo acá al ejército israelí, como para complicar todavía más la cuestión–. Siguen siendo indispensables, eso creo, las tremendas reflexiones de Dostoievski en Los demonios para también incorporar no sólo a quienes cometieron actos repudiables desde una maquinaria de derecha sino también para interpelar las prácticas revolucionarias y sus violencias). Y, surge con fuerza irrecusable, la cuestión de la culpa y de la responsabilidad. Vale, eso creo, seguir estas discusiones, que son imprescindibles.
Pero también vale establecer las sutiles, y no tanto, diferencias entre un debate crítico-intelectual, ese mismo que puede recorrer argumentaciones difícilmente asimilables por el sentido común, y la controversia política atravesada por las demandas de una realidad implacable. Vivo esas tensiones, no las rechazo. De la misma manera, y de eso estoy convencido, de que no se trata de una involución del Gobierno ni de un cuestionamiento a la política de derechos humanos que ha sido y sigue siendo extraordinaria, única en el mundo (por eso mismo no se la puede debilitar ni supeditar a “otras” exigencias de la hora, pero tampoco se puede cuestionar, corriendo por izquierda, a quienes han encabezado un proceso de reparación que sigue avanzando sin dejar de lado a los responsables civiles y eclesiásticos –recuerdo la condena a Von Wernich y el procesamiento de Blaquier–). Sigo teniendo una confianza última y profunda en quien lidera el proyecto, al mismo tiempo que reconozco las grandes dificultades que nos seguirán desafiando en estos dos años. No haría de la “cuestión Milani” el centro de lo que hoy necesitamos disputar políticamente, aunque considero que no debemos ni podemos eludir lo que su emergencia ha suscitado entre nosotros, al precio de arrojar por la borda una parte sustancial de nuestras herencias ideológicas y de los valores que ellas contienen. Es un debate que nos incumbe y nos exige. Sus consecuencias no son ni podrán ser unívocas allí donde arrastran logros y virtudes indudables, oscuridades y ambigüedades. Lo sabemos.
martes, 6 de diciembre de 2011
NOTAS SOBRE LA MARCHA PERONISTA
Del sueño grande de San Martín a la realidad efectiva de Perón, toda la Argentina cabe en la marcha peronista. Cierto, la única verdad es la realidad, pero los muchachos saben muy bien que los sueños también son reales. Capitales, combates y treguas ; bombos y platillos, corceles y acero, libros y alpargatas ; los principios sociales ; la Nación para todos ; la Nación para uno ; el varón argentino, modelo de hombres con o sin gomina con o sin camisa ; la geografía de la impaciencia que todo lo soporta ; los ricos que hicieron el Teatro Colón donde un día un sindicato se puso a cantar ; trabajar, fiesta del trabajo, andá a trabajar, primer trabajador ; la Resistencia, Montoneros y FAR ; uniformes de distintos estilos y colores ; las ganas de darle al parche con la energía del goleador ; el pueblo ; hasta el erotismo de Evita capitana en negativo, todo eso y mucho más resuena en esta música clásica argentina, acaso la más clásica de todas. Todo eso y mucho más cabría en la historia de un símbolo tan poderoso - dan ganas de decir: tan expresivo. Pues así es con los símbolos: solos, no son nada. ¿Qué importancia puede tener una canción, así fuera una marcha-canción, ante lo que el peronismo ha significado en la historia del país? Y sin embargo así es con los símbolos: en ellos resuena todo lo que ellos no son. Lo que la marchita no es pero evoca, es el país mismo, así como el peronismo, por más que haya nacido en 1945, es el prisma por el que la memoria histórica evoca la Argentina del siglo veinte en su totalidad. Por eso cantar la marcha y ser peronista fue la misma cosa, prohibir la marcha y proscribir al peronismo, la misma cosa también.
La trayectoria encantada de los himnos, las marchas, las banderas, los escudos, es como un campo gravitacional, que termina captando la historia de lo que simbolizan.
A condición de que se trate, claro, de un símbolo que funciona. Los cajones de todos los Estados, de todos los movimientos políticos, incluso los de muchos clubes o instituciones, están llenos de símbolos fallidos, de marchas fracasadas. Y el primer peronismo sólo obtuvo, con su instrumentalización política del canto colectivo, a pesar de sus muchos esfuerzos, resultados parciales. Pero la marcha peronista funciona, es, hasta el día de hoy, verdaderamente, « un grito de corazón ».
A condición de que se trate, claro, de un símbolo que funciona. Los cajones de todos los Estados, de todos los movimientos políticos, incluso los de muchos clubes o instituciones, están llenos de símbolos fallidos, de marchas fracasadas. Y el primer peronismo sólo obtuvo, con su instrumentalización política del canto colectivo, a pesar de sus muchos esfuerzos, resultados parciales. Pero la marcha peronista funciona, es, hasta el día de hoy, verdaderamente, « un grito de corazón ».
Acaso el símbolo más feliz del repertorio nacional, tanto como la bandera y el himno, e incluso más - de esa felicidad particular que da la ilusión de encarnar sin mediaciones el sentimiento popular. Pues demasiado a menudo los símbolos patrios han dejado ver, como a contraluz, las maniobras retóricas del aparato milico-escolar. Sólo la marchita permite creer en una transparencia permanente del alma del pueblo, abrazada intacta al amor y al odio que supo conseguir. Un lugar común del entusiasmo compartido - común en el sentido de banal, pero también, de colectivo. La marcha peronista es el lugar privilegiado, el corazón mismo del entusiasmo peronista. Así lo saben incluso los no peronistas y los antiperonistas - saben que la marchita está « bien hecha », que a sus improbables autores « les salió bien ». Casi tan bien como La Marsellesa, madre de todas las marchas políticas modernas, de la cual hasta los aristócratas prusianos querían tener la partitura: Marchons! Marchons! Ocurre que el entusiasmo peronista es un momento particular del entusiasmo universal, de la tradición del entusiasmo universal - un « nosotros » que canta, como desde la Revolución francesa se ha cantado para anunciar y construir, a costa del sacrificio individual, la gloria de la Nación, la del pueblo, la del partido. O juremos, nosotros, con gloria morir. Y después: Nosotros, los muchachos peronistas. Genealogía ilustre, entonces, de los tiempos de San Martín a los de Perón.
De la versión más oficial, la del Coro del Teatro Colón, a la más oficialista, la de Hugo del Carril, el diálogo entre el primero de los leales, que completa su grito de corazón con dos puntos abre comillas, y el coro de argentinos agradecidos, que contesta Viva Perón!, refleja la relación entre el primero de los trabajadores y los otros. Hugo del Carril, líder suplente, da el ejemplo de cómo hay que seguir el ejemplo de Perón, por eso él mismo es ejemplar y será canonizado. Pero sin ir a buscar en tal o cual versión ese antiguo teatro político, hay que ver que la música confirma en eso al texto : tanto la estrofa como el refrán comienzan en la tónica y su primer tiempo fuerte cae en el quinto grado de la escala, cuyo suspenso alimenta su parentesco armónico con la dominante, como si la melodía estuviera siempre saliendo a buscar algo ; pero mientras que la estrofa, voz del narrador, despliega su acorde exhibiendo la convención marcial (digamos, aunque la partitura está en fa menor, en la menor : mi do la / mi...), el refrán, voz del sujeto político, recorre la escala por grado conjunto con la llaneza hablada del grito « natural » (mi re do si / do). Sólo en los descensos idénticos hacia la fundamental al final de la estrofa y del refrán, en la resonancia entre el capital y el trabajador, se unen los descansos alertas de los muchachos y el pueblo (mi re do si / la).
Igualmente doble es su camino épico : el general combate al capital y en esa dura lucha establece los principios sociales de la igualdad y el amor, pero el triunfo que obtiene el varón argentino no es la derrota del enemigo sino la conquista de la masa que, como se sabe, es mujer, y ama. La marcha peronista es una canción de amor. Amor devocional hacia el líder, y amor fraterno entre iguales, en lugar de la retórica republicana de la fraternidad, ausente como la libertad. Pues las canciones de amor, si alguna vez hablan de libertad, es para mejor entregarla en el goce. Igual nada en este amor es blando, ni el ritmo ni la armonía, y el canto viene a destacar lo que en la masa mujer es hombre. Los muchachos que cantan no son todo el pueblo unido, sino la parte masculina que orienta al pueblo habitado por mujeres. Es una religión de la unidad, y la unidad es a la vez un hecho y un proyecto: el pueblo entero está unido, hoy, pero también todos unidos triunfaremos... algún día.
Por eso la marcha es conmovedora en la oposición, entre las cuatro paredes de las reuniones clandestinas, sobre los labios que la pronunciaron a escondidas, surgiendo subversiva en la cancha de fútbol, o en una manifestación de esas donde después viene la policía. Como música oficial, más allá del gobierno que la asuma, resulta más bien penosa. Cierto, su « estreno » en el Teatro Colón en 1948, aún vestida de marcha del sindicato de gráficos, habrá sido una bonita página, casi una postal vanguardista: las voces de los obreros perturbando el templo de una música seria que, salvo las valientes marchas de algunas óperas, a las cuales las marchas políticas tanto se parecen, suele desterrar, en los tiempos modernos, la política a sus márgenes. Aquel solfeo nacional y popular quedará en la memoria del Teatro hasta en las ordenanzas municipales que a partir de la Libertadora nunca se olvidarán de prohibir los actos « políticos ». Pero ese clip antioligárquico es aún tiempo de conquista. Más tarde, el canto habrá vivido la maldita gloria de los vencedores. Por eso la mejor crítica que puede hacerse de la marcha peronista (el espejito dirá : del peronismo mismo) es ponerla en sintonía con la música de Estado de aquella época : desde el Canto al Trabajo « al pie de la bandera sacrosanta », unidos « por el amor de Dios » del mismo Ivanissevich, y entonado por el mismo Hugo del Carril, hasta la Marcha del Plan Quinquenal, que rima con « general » y « engrandece y enriquece a la Nación » - sin olvidarse del Canto a la enfermera argentina, esa « maravillosa mujer » que tan sexy hubiera sido sin la maldita manía de andar « disimulando su amargura ». De frente mar. Y ni siquiera la cueca peronista o la zamba de las legiones descamisadas alteran el cuadro, mucho menos el improbable tango Descamisado en homenaje al 17 de octubre, que indirectamente sugiere, por su debilidad misma, todo lo que le debe el peronismo al tango de los años treinta y todo lo que le debe a la Libertadora el tango de después: mucho más que un cacho de pan. Todo eso, canto popular para estar satisfecho con Perón y con la vida. Todas, canciones que hoy parecen una demostración perfecta de la prepotencia del kitsch peronista. El pueblo está unido, sí, pero ¿el pueblo entero? ¿Qué espacio le deja la marcha al grito de los no peronistas? Claro, un poco de « contexto » sonoro recuerda cuánto el kitsch peronista depende también de una retórica, e incluso una tecnología, que tiñe toda la época con sus maneras de hablar, maneras de cantar, maneras de convencer.
Los años cuarenta hoy parecen un poco cómicos en todos lados (en todos lados donde no hubiera la Guerra), y sería injusto echarles la culpa a los asesores de Perón. Igual, qué tontas esas músicas, esos discursos, esas propagandas del primer peronismo. Sí, la marchita aparece patética en su parecido con esos cantos patéticos de lo que, en el plano musical, no hay más remedio que llamar « el régimen » - un régimen pesado para el oído y para el hígado. Por lo demás, para definir las coordenadas de su género se puede hablar de La Marsellesa y del Oid mortales, o de los cantos del movimiento obrero, de La Internacional para acá. Pero La Giovinezza, el Horst Wessel Lied tampoco podrán quedar afuera del análisis. La marcha peronista tiene que asumir sus malas compañías, como tiene que asumir a sus primas oficialistas más mediocres. Sin embargo, también, súbitamente, aparece sublime en sus diferencias. Y no sólo porque está en menor, o porque a la gente le gusta cantarla. Sino porque la Marcha de la Libertad(ora), con su reciclaje del viejo sacrificio milico de la « muerte argentina », forma parte del repertorio al que supuestamente se opone. A la marcha peronista Ivanissevich se limitó a explotarla del modo más oportunista, pero la marcha de los amigos de Lonardi y Aramburu, Ivanissevich hubiera podido escribirla.
Los antiperonistas se preocuparon por idealizar su clandestina y clerical « canción de guerra » con una fibra digna de los peronistas del 56. Lógico, Perón era, después de todo, un militar. Lógico, las formas de la admiración humana son limitadas, y los géneros musicales para manifestarla, más todavía. Pero el parecido entre las canciones peronistas y las antiperonistas recuerda que todos estaban habitados por el mismo demonio de la solemnidad oficial; todos, nietos de López y Parera. La marchita, no, o un poco menos. Si su aire militar es inconfundible, si su música es más simétrica que el edificio Libertador, acaso tengan razón los que la dicen también hija de las murgas y del fútbol, allí donde los vientos marciales se corren del compás. La marchita duda: ¿cómo debo cantarme, qué espacio dejarle a la síncopa, al swing ? ¿Cómo entonar la primera frase: negra con punto y corchea, como Héctor Mauré, o corchea con punto y semicorchea, como Hugo del Carril? La marchita se engancha: ¿cómo articular con el bombo al final del himno los dos adjetivos básicos de la vida nacional, argentino y peronista? La marchita piensa: ¿cómo sobrevivirme, cómo ser huérfana? Luche y la marchita vuelve. Y la marchita siempre volvió. Por eso nos ha seguido hasta acá, hasta ahora. Por eso vale la pena dedicarle un libro, o varios.
Es un capítulo clave de la historia de la música argentina, como lo es de la historia del peronismo. Eso sí, a condición de evitar un malentendido. Que los símbolos viven, así lo propaga todo saber sobre la experiencia colectiva que admite e incluso se enorgullece de decirse leyenda. Y mucha leyenda hay en torno al peronismo - tanta, que las fronteras entre historia, ficción y memoria tienden a borrarse. Inútil subrayar cuánto pesa en esa configuración, entre otras cosas, la infinita actualidad política del peronismo. Frente a esa inercia mitológica parece saludable rechazar el espejito que ve en el símbolo sólo lo que simboliza, y salir en pos de una historia verdadera. Que diga cómo, precisamente, por qué vías de origen, género y práctica, sus estrofas pusieron en marcha, de una manera única en la historia del país, un vínculo que va y viene del canto, vehículo de la emoción individual, a la política, motor de la vida en comunidad.
Esteban Buch
Fuente:http://www.ameriquelatine.msh-paris.fr/spip.php?article32
Mabel Maidana, Co-coordinadora Comisión Nicolás Casullo
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta
San Martín y Bolívar
Sólo que el himno nacional no conoce a San Martín. Entre un canto y otro un líder salió al balcón, convocando no sólo la gloria colectiva, sino también, el amor y la lealtad a un individuo. De los himnos griegos en honor de Apolo a los himnos cristianos en honor del Rey, el viejo truco político de la admiración del héroe conduce derecho a los cantos en honor de los líderes políticos modernos. Nosotros, los que cantamos, somos todos los leales, y el canto colectivo es la forma lírica de la lealtad. Y se trata de un grupo de hombres que canta al unísono. Pues las voces agudas de las mujeres en algunos arreglos cultos de la marcha peronista no llegan a ser más que el eco y la decoración de las voces graves de los hombres. Ellos: « ese varón argentino » / ellas: « ¡argentino! », como acotando, gentiles. Y quién necesita acotaciones, o bandas militares, sino el Estado. Las cosas son más directas en las versiones callejeras, con el único apoyo de los bombos, apenas salidos de sus canchas de fútbol. Si alguna mujer suma su voz al grupo, difícilmente cante, sin Evita, las muchachas peronistas. Estos hombres, históricamente, son los muchachos sindicalizados, y en el « como siempre » de su grito resuena una práctica organizada. Pero ese plural desborda el marco institucional del movimiento, para reconstruirse al calor azaroso de todas las reuniones de peronistas anónimos. Por muy enmarcado que haya estado su canto al comienzo, gracias al celo propagandístico de Oscar Ivanissevich y sus amigos, la historia del peronismo salvó a la marchita, como a tantas otras cosas, de una existencia disciplinaria, proyectándola en un atomizado afuera del Estado. Ese reconocimiento del líder, de un líder de la Nación que no se confunde con el líder del Estado, tiene, en su texto, dos tiempos. Cada estrofa se dirige hacia adentro del nosotros, Perón aparece en tercera persona; cada retorno del refrán le habla, en cambio, directamente a mi general, con la simulación del grito en espacios abiertos, y la confianza que da el voseo, tan raro en el repertorio político. De él a nosotros y de nosotros a vos, así circula el amor en la marcha-canción, y ese círculo es perfecto. A menos que Perón haya cantado él mismo la marchita, aniquilando en un flash narcisista su coherencia enunciativa. En todo caso los arreglos suelen subrayar esa estructura a costa de una ficción que parece la esencia de toda propaganda
La Argentina grande, ¿es ahora o mañana? Esa tensión es paralela al discurso del primer peronismo, entre celebración de la Nueva Argentina y movilización permanente contra los oligarcas. Y no porque la marcha venga mágicamente a reflejar, como un espejito, la realidad política de su momento histórico, menos aún una esencia transhistórica del peronismo, sino porque esa tensión es precisamente lo que al Estado peronista le interesa difundir. Así condenará a su descendencia al absurdo poético de pintar la « realidad efectiva » frente a la negación radical de esa realidad, el exilio del líder, la derrota de los muchachos y la desunión del pueblo, pero la incitará a la vez, como un vector de la esperanza insomne, a proyectarse en la utopía de la victoria futura. Igual se sabe que, ante la duda como ante el exceso de emoción, lo mejor es repetir, y la marcha ha sobrevivido porque se la siguió cantando « como siempre ». De allí la fuerza de las repeticiones: ¡Viva Perón, viva Perón! Y después: ¡Perón, Perón!, y otra vez más: ¡Perón, Perón! E incluso, en la versión de Emilio Ríos, tres veces: ¡Viva Perón, viva Perón, viva Perón! Claro que lo cuantitativo no es la única faceta de la emoción. Acaso haya que repetirlo: la marcha peronista es una canción de amor y, como tal, sentimental. Los peronistas verán en ese amor el símbolo del carácter auténticamente popular del movimiento, y los antiperonistas, el de su carácter auténticamente irracional, pero al menos habrá acuerdo sobre el diagnóstico. En ella se habla más del corazón que en una canción de Julio Iglesias. Y al sentimiento está asociada la tristeza. A veces se dice que es la única canción política en modo menor; eso es una exageración. Existen algunos himnos (el de Israel), algunas marchas (El ejército del Ebro), algunas canciones patrias (Alta en el cielo), incluso otros cantos peronistas (Es el pueblo) en modo menor. Igual la observación es estadísticamente cierta. Eso le da un toque triste. O incluso algo de un desvío trágico en el verbo patriótico. El espejito diría: como si el inconsciente musical peronista hubiera sabido ya en 1948 que un día las cosas iban a terminar mal. Pero nadie sabe por qué está en menor, esa explicación es absurda; lo que no es absurdo es pensar que su modo menor contribuyó a que le gustara a la gente cantarla y escucharla, sobre todo cuando vino la derrota, y esa retórica musical del sufrimiento encontró su ilustración directa en la experiencia histórica. Sin esa experiencia, acaso su potencial trágico hubiera desaparecido tras la violencia simbólica del Estado, el tachín tachín militar de la introducción. Hay que oír, en cambio, al grito de corazón zigzaguear, cromático: fa mi re# / mi.
Por eso la marcha es conmovedora en la oposición, entre las cuatro paredes de las reuniones clandestinas, sobre los labios que la pronunciaron a escondidas, surgiendo subversiva en la cancha de fútbol, o en una manifestación de esas donde después viene la policía. Como música oficial, más allá del gobierno que la asuma, resulta más bien penosa. Cierto, su « estreno » en el Teatro Colón en 1948, aún vestida de marcha del sindicato de gráficos, habrá sido una bonita página, casi una postal vanguardista: las voces de los obreros perturbando el templo de una música seria que, salvo las valientes marchas de algunas óperas, a las cuales las marchas políticas tanto se parecen, suele desterrar, en los tiempos modernos, la política a sus márgenes. Aquel solfeo nacional y popular quedará en la memoria del Teatro hasta en las ordenanzas municipales que a partir de la Libertadora nunca se olvidarán de prohibir los actos « políticos ». Pero ese clip antioligárquico es aún tiempo de conquista. Más tarde, el canto habrá vivido la maldita gloria de los vencedores. Por eso la mejor crítica que puede hacerse de la marcha peronista (el espejito dirá : del peronismo mismo) es ponerla en sintonía con la música de Estado de aquella época : desde el Canto al Trabajo « al pie de la bandera sacrosanta », unidos « por el amor de Dios » del mismo Ivanissevich, y entonado por el mismo Hugo del Carril, hasta la Marcha del Plan Quinquenal, que rima con « general » y « engrandece y enriquece a la Nación » - sin olvidarse del Canto a la enfermera argentina, esa « maravillosa mujer » que tan sexy hubiera sido sin la maldita manía de andar « disimulando su amargura ». De frente mar. Y ni siquiera la cueca peronista o la zamba de las legiones descamisadas alteran el cuadro, mucho menos el improbable tango Descamisado en homenaje al 17 de octubre, que indirectamente sugiere, por su debilidad misma, todo lo que le debe el peronismo al tango de los años treinta y todo lo que le debe a la Libertadora el tango de después: mucho más que un cacho de pan. Todo eso, canto popular para estar satisfecho con Perón y con la vida. Todas, canciones que hoy parecen una demostración perfecta de la prepotencia del kitsch peronista. El pueblo está unido, sí, pero ¿el pueblo entero? ¿Qué espacio le deja la marcha al grito de los no peronistas? Claro, un poco de « contexto » sonoro recuerda cuánto el kitsch peronista depende también de una retórica, e incluso una tecnología, que tiñe toda la época con sus maneras de hablar, maneras de cantar, maneras de convencer.
Los antiperonistas se preocuparon por idealizar su clandestina y clerical « canción de guerra » con una fibra digna de los peronistas del 56. Lógico, Perón era, después de todo, un militar. Lógico, las formas de la admiración humana son limitadas, y los géneros musicales para manifestarla, más todavía. Pero el parecido entre las canciones peronistas y las antiperonistas recuerda que todos estaban habitados por el mismo demonio de la solemnidad oficial; todos, nietos de López y Parera. La marchita, no, o un poco menos. Si su aire militar es inconfundible, si su música es más simétrica que el edificio Libertador, acaso tengan razón los que la dicen también hija de las murgas y del fútbol, allí donde los vientos marciales se corren del compás. La marchita duda: ¿cómo debo cantarme, qué espacio dejarle a la síncopa, al swing ? ¿Cómo entonar la primera frase: negra con punto y corchea, como Héctor Mauré, o corchea con punto y semicorchea, como Hugo del Carril? La marchita se engancha: ¿cómo articular con el bombo al final del himno los dos adjetivos básicos de la vida nacional, argentino y peronista? La marchita piensa: ¿cómo sobrevivirme, cómo ser huérfana? Luche y la marchita vuelve. Y la marchita siempre volvió. Por eso nos ha seguido hasta acá, hasta ahora. Por eso vale la pena dedicarle un libro, o varios.
Es un capítulo clave de la historia de la música argentina, como lo es de la historia del peronismo. Eso sí, a condición de evitar un malentendido. Que los símbolos viven, así lo propaga todo saber sobre la experiencia colectiva que admite e incluso se enorgullece de decirse leyenda. Y mucha leyenda hay en torno al peronismo - tanta, que las fronteras entre historia, ficción y memoria tienden a borrarse. Inútil subrayar cuánto pesa en esa configuración, entre otras cosas, la infinita actualidad política del peronismo. Frente a esa inercia mitológica parece saludable rechazar el espejito que ve en el símbolo sólo lo que simboliza, y salir en pos de una historia verdadera. Que diga cómo, precisamente, por qué vías de origen, género y práctica, sus estrofas pusieron en marcha, de una manera única en la historia del país, un vínculo que va y viene del canto, vehículo de la emoción individual, a la política, motor de la vida en comunidad.
Esteban Buch
Fuente:http://www.ameriquelatine.msh-paris.fr/spip.php?article32
Mabel Maidana, Co-coordinadora Comisión Nicolás Casullo
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta
miércoles, 17 de agosto de 2011
EL PISO O EL TECHO
Cristina Fernández recogió un contundente respaldo popular en las elecciones primarias realizadas el domingo 14 de agosto. La oposición política, mediática y económica desnudó sus límites y quedó al borde del ridículo, único lugar desde el cual no hay retorno.
La ciudadanía argentina se volcó a una participación masiva en el debut de las elecciones Primerias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), una instancia creada por la reforma política aprobada hace dos años por el parlamento nacional. De ese modo se definieron, entre otros aspectos, las candidaturas presidenciales que competirán en las elecciones del próximo 23 de octubre.
Votó casi el 80 por ciento de la población habilitada –cifra record- un dato que evidencia la ineficacia de las campañas de desinformación y desprestigio que se organizaron desde el bloque opositor para generar confusión y apatía.
Pero el dato medular que se desprende de los comicios está en los abrumadores resultados conseguidos por el Frente Para la Victoria (FPV): más de la mitad de los argentinos respaldaron el proyecto iniciado en 2003 por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández desde 2007. Ninguna de las listas opositoras superó el 13 por ciento de los sufragios. Se estableció, de este modo, una brecha –un abismo- que difícilmente pueda encontrarse en las páginas de la historia institucional argentina.
El inédito apoyo que recibió el oficialismo gobernante puso luz sobre el escenario político concreto que se despliega más allá de las oscuras operaciones mediáticas. La elección pone las cosas en su lugar, es decir, nos presenta una realidad que nada tiene que ver con el clima de derrota instalado por las instituciones productoras de sentidos luego de los procesos electorales locales realizados en Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Desde hace dos meses se insistía desde los bunkers de la oposición –los canales de televisión, las radios y los diarios enfrentados al gobierno- que había comenzado el agotamiento de la hegemonía oficial.
Las cosas en su lugar, decíamos. Una explicación posible al apoyo masivo recibido por la presidenta se asienta en un hecho irrefutable: las diferentes listas opositoras no alcanzaron a perfilar una alternativa creíble y con capacidad potencial de acceder a la presidencia. Aparecieron segmentadas, enfrentadas entre sí y encabezadas por referentes emparentados en su mayoría a las peores épocas que guarda la memoria colectiva.
Todo esto es cierto, aunque no parece ser el único vector para un análisis integrador. Pero todas las columnas de opinión que le ponen letra al discurso anti-gobierno se centran solo en el factor endógeno opositor, como si en la dinámica social no interviniese un complejo entramado de variables que exceden los límites del círculo cerrado que rodea a las voluntades de la reacción.
La clave, entonces, está en el impulso transformador del proyecto en curso. Los argentinos votaron para confirmar un rumbo, no para castigar la falta de alternativas serias. No fue un voto frío, desencantado o displicente. Fue un voto militante, festivo, reflexivo y lleno de optimismo; un voto que contagia, que entusiasma y que invita a participar y comprometerse. Un voto que no puede aun ser leído por quienes ni hoy ni nunca entendieron el comportamiento de las mayorías cuando se sienten interpeladas como sujeto histórico.
Si ponemos en relación los dos factores señalados en los párrafos precedentes podemos concluir que ese más del 50 por ciento es el piso y no el techo. De aquí a octubre seguirán las operaciones de desprestigio, las denuncias convertidas en escándalos mediáticos y los microclimas medidos sin el instrumental adecuado. Más de lo mismo, pero –como quedó demostrado- no alcanzará a revertir una tendencia irrefrenable. A partir de ahora, cada maniobra desestabilizadora generará más apoyo al gobierno; cada ataque venenoso dejará a la presidenta en el lugar de la concordia y la unidad nacional.
Malas noticias para los detractores del proyecto nacional. Toda intervención destituyente será contraproducente. Deberán aceptar la voluntad popular y empezar a imaginar una nueva posibilidad con la mirada en 2015. Siempre y cuando, claro está, acepten las reglas del juego democrático. Por las dudas habrá que estar atentos, porque no es esa una típica costumbre de la derecha argentina.
*El autor Director Adjunto de APAS, doctor en Comunicación de la UNLP, director de Radio Nacional Mendoza y de la carrera de Comunicación Social de la UNCuyo.
Fuente: Agencia Periodística de América del Sur
Por Ernesto Espeche* | Desde Mendoza, Argentina
La ciudadanía argentina se volcó a una participación masiva en el debut de las elecciones Primerias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), una instancia creada por la reforma política aprobada hace dos años por el parlamento nacional. De ese modo se definieron, entre otros aspectos, las candidaturas presidenciales que competirán en las elecciones del próximo 23 de octubre.
Votó casi el 80 por ciento de la población habilitada –cifra record- un dato que evidencia la ineficacia de las campañas de desinformación y desprestigio que se organizaron desde el bloque opositor para generar confusión y apatía.
Pero el dato medular que se desprende de los comicios está en los abrumadores resultados conseguidos por el Frente Para la Victoria (FPV): más de la mitad de los argentinos respaldaron el proyecto iniciado en 2003 por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández desde 2007. Ninguna de las listas opositoras superó el 13 por ciento de los sufragios. Se estableció, de este modo, una brecha –un abismo- que difícilmente pueda encontrarse en las páginas de la historia institucional argentina.
El inédito apoyo que recibió el oficialismo gobernante puso luz sobre el escenario político concreto que se despliega más allá de las oscuras operaciones mediáticas. La elección pone las cosas en su lugar, es decir, nos presenta una realidad que nada tiene que ver con el clima de derrota instalado por las instituciones productoras de sentidos luego de los procesos electorales locales realizados en Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Desde hace dos meses se insistía desde los bunkers de la oposición –los canales de televisión, las radios y los diarios enfrentados al gobierno- que había comenzado el agotamiento de la hegemonía oficial.
Las cosas en su lugar, decíamos. Una explicación posible al apoyo masivo recibido por la presidenta se asienta en un hecho irrefutable: las diferentes listas opositoras no alcanzaron a perfilar una alternativa creíble y con capacidad potencial de acceder a la presidencia. Aparecieron segmentadas, enfrentadas entre sí y encabezadas por referentes emparentados en su mayoría a las peores épocas que guarda la memoria colectiva.
Todo esto es cierto, aunque no parece ser el único vector para un análisis integrador. Pero todas las columnas de opinión que le ponen letra al discurso anti-gobierno se centran solo en el factor endógeno opositor, como si en la dinámica social no interviniese un complejo entramado de variables que exceden los límites del círculo cerrado que rodea a las voluntades de la reacción.
La clave, entonces, está en el impulso transformador del proyecto en curso. Los argentinos votaron para confirmar un rumbo, no para castigar la falta de alternativas serias. No fue un voto frío, desencantado o displicente. Fue un voto militante, festivo, reflexivo y lleno de optimismo; un voto que contagia, que entusiasma y que invita a participar y comprometerse. Un voto que no puede aun ser leído por quienes ni hoy ni nunca entendieron el comportamiento de las mayorías cuando se sienten interpeladas como sujeto histórico.
Si ponemos en relación los dos factores señalados en los párrafos precedentes podemos concluir que ese más del 50 por ciento es el piso y no el techo. De aquí a octubre seguirán las operaciones de desprestigio, las denuncias convertidas en escándalos mediáticos y los microclimas medidos sin el instrumental adecuado. Más de lo mismo, pero –como quedó demostrado- no alcanzará a revertir una tendencia irrefrenable. A partir de ahora, cada maniobra desestabilizadora generará más apoyo al gobierno; cada ataque venenoso dejará a la presidenta en el lugar de la concordia y la unidad nacional.
Malas noticias para los detractores del proyecto nacional. Toda intervención destituyente será contraproducente. Deberán aceptar la voluntad popular y empezar a imaginar una nueva posibilidad con la mirada en 2015. Siempre y cuando, claro está, acepten las reglas del juego democrático. Por las dudas habrá que estar atentos, porque no es esa una típica costumbre de la derecha argentina.
*El autor Director Adjunto de APAS, doctor en Comunicación de la UNLP, director de Radio Nacional Mendoza y de la carrera de Comunicación Social de la UNCuyo.
Fuente: Agencia Periodística de América del Sur
Mabel Maidana, Co-coordinadora Comisión Nicolás Casullo
de Medios Audiovisuales en Carta Abierta
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